artista muerto

Arte: @SaintKonde | Transeúnte.


A la humanidad le aterra la muerte, o al menos la idea de su propia desaparición. Quizás por ello ha buscado eternizar su presencia en el mundo de los vivos a cualquier costo. Incluso si eso implica destruir el planeta.

Sin embargo, es ese mismo terror el que la lleva a coquetear con lo desconocido. Se acerca cada vez más a ella con la intención de descubrir sus secretos. Quizás, el más preciado sea su carácter sorpresivo. Nadie sabe cuándo ni dónde llegará.

Escribo estas líneas no solo pensando en la idea de porqué un artista muerto vale más, sino con la imagen del gran personaje contracultural que en la actualidad puebla el imaginario popular de casi todo el mundo, Joker.

Mucho han escrito sobre él quienes realmente saben de cine, yo solamente me limito a evocar una de sus frases en el filme. En una de las escenas finales, cuando es apresado por la policía y él va esposado en el asiento trasero de la patrulla, mientras va mirando aquel desastre a su alrededor, se atreve a reírse, pero esta vez de verdad. Va mirando y sobre todo va riendo. Y cuando le preguntan las razones de contentarse por semejante desastre, desatado por él, solo se limita a decir: ¿No creen que es precioso?

Relacionamos la muerte con el cese de la vida y a veces con su destrucción. En esa destrucción, si usamos los anteojos del Joker, sí había algo “precioso”. Y quizás esa es la sensación que nos seduce, pues en toda finitud se esconde de algún modo un goce. Nos aterra esa finitud, pero no por ello dejamos de apreciar en ella cierta belleza. 

Para los cristianos de cualquier nación, no hay muerte más sublime que el final de clavos, dolor y sufrimiento de Jesús. La gran muerte es, a la vez, la gran salvación. Y ciertamente para muchos artistas la muerte significa la revalorización de su obra: eso es, a todas luces, una belleza, ¿verdad?

Morir no es suficiente

Es un punto de vista polémico sostener que un artista muerto vale más. Pero los hechos de algún modo lo certifican. Pongamos ejemplos significativos: Claude Monet, Vincent Van Gogh o Paul Gauguin son prueba de ello.

En 2017, la casa de subastas Christie’s vendió un cuadro de Van Gogh en 81,3 millones de euros. Se trató del lienzo, Labourer dans un champ; de acuerdo con la información de la subasta fue una de las pujas que ha alcanzado una de las cifras de venta más altas.

Tan solo fue superada por la venta del óleo Portrait du Dr.Gauchet, cuyo comprador lo obtuvo luego de ofrecer 82,5 millones de dólares. Dice la información del diario ABC que esa ha sido la cifra más alta obtenida por una creación del artista holandés. Lo curioso es que murió en 1890 y nunca pudo vivir del valor de su arte.

El valor de esta pieza no cambió cuando fue realizada ni luego de más de 100 años. Con el paso del tiempo las obras de arte pueden ser mejor estudiadas y sus valores son más apreciados. Nuevas disciplinas como la historia y la crítica de arte han revelado el valor luego de la muerte de su autor. Asimismo, el surgimiento del mercado del arte y la tasación de cada obra influye en un precio abultado que el artista en su vida jamás habría conocido.

Historias, paraísos y buenas rentas

Quien sí supo aprovechar el arte de Van Gogh, pero desde el punto de vista literario ha sido la escritora española Matilde Asensi, con su libro Sakura. En su décima novela, Asensi explora una historia japonesa según la cual el millonario Ryoei Saito habría ordenado como último deseo, el ser incinerado con la famosa pieza en la que el holandés retrató a su médico psiquiatra.

Luego de una documentación exhaustiva sobre la vida del pintor y sus obras, sin ser por supuesto una biografía, la autora ofrece a los lectores una obra entretenida que le valió ser incluida en las listas de los más recomendados para regalar durante el Día del Libro 2019

Quien sí recurrió a la historia vital de Paul Gauguin, fue el escritor Mario Vargas Llosa. En El paraíso en la otra esquina se adentra en la vida y los misterios de este creador, construyendo así una novela preciosa.

Como ya sabemos todo lo que escribe el Premio Nobel de Literatura 2010 es una apuesta segura. En este caso, segura y próspera. Según informes emitidos por Misty Copyright SLU, sociedad de capitales a través de la que Vargas Llosa explota sus derechos de autor, anualmente el escritor presenta un balance de ventas de aproximadamente 1,1 millones de euros. El concepto está formado no solo por el copyright, sino también por dictar conferencias magistrales y lecciones universitarias en claustros europeos y norteamericanos. 

En los casos de este par de autores, de alguna forma la posibilidad de popularizar la obra de un artista ya fallecido —o su misma existencia— a manos de estos creadores contemporáneos, permite que aquellas piezas u obras se encarezcan. Ellos les dan a esos artistas ya muertos una segunda vida al airear sus memorias, sus épicas personales y los obstáculos que enfrentaron para lograr lo que se proponían mientras estaban vivos.

Bella y blonde

Si alguna vida fue desdichada y a la vez estuvo rodeada de glamour, lujo y excentricidad, fue la de Marilyn Monroe. Su belleza quita el aliento. También su mirada triste. Estos fueron algunos de los elementos que la laureada escritora Joyce Carol Oates recreó en su singular novela Blonde.

La actriz, descrita por la autora como una mujer “pálida y luminosa como el nácar”, falleció el 5 de agosto de 1962, y desde entonces ha nacido un mito inquietamente no solo para Oates sino también para admiradores.

Más allá de las acertadas o fallidas críticas en torno de Blonde, nunca una artista viva habría inspirado una macronovela de mil páginas, en las que se intenta humanizar un mito, y que de alguna forma nos deja evidencias de porqué un artista muerto vale mucho más.

En esta novela se entroniza un mito que, por otra parte, siempre ha despertado el interés y la curiosidad de miles de personas en el mundo.

Las dinámicas del marketing han apuntalado a estos mitos a ser verdaderos objetos de arte apetecidos por seguidores nostálgicos, para quienes tener presente a su artista de culto, a través de una obra —sea novela, o incluso alguna pieza de merchandising con su foto— no tiene precio.

Esta es más deseada por muchos a la vez. Tal como lo señala la ley de oferta y demanda: a menor cantidad de obras habrá un mayor público interesado que pujará y por ende encarecerá esa pieza. 

La necesidad de recordar y/o de mantener viva una presencia probablemente es el motor que revaloriza a un artista. Es así como logra que su obra tenga mayor valor, aun cuando su mundo sea hoy el apacible mundo de los muertos.