El cuerpo yacía sobre la mesa metálica, preparado para su disección. Nos dijeron que, cuando avisaron a los bomberos, llevaba por lo menos tres días muerto sobre el sofá. Era corpulento y barrigudo, en parte hinchado por los gases de la descomposición, como un enorme y aberrante tubérculo putrefacto.

El hedor que despedía terminaba de conformar una escena insoportable y, sin embargo, deliciosa para los estudiantes que, autorizados a presenciar la autopsia, nos revolvíamos como un enjambre hambriento e impredecible. 

El forense comenzó a explicarnos el procedimiento. Fue una de las primeras veces que sufrí ese humor negro, sin maldita gracia, que casi siempre desarrollan estos médicos macabros. Ponía escaso entusiasmo en su tarea. Seguramente por eso nos habían dejado asistir: puro trámite, un cadáver sin reclamar, sin signos de violencia y, al fin y al cabo, ¿a quién le importaba si había muerto atragantado en su propio vómito, de un infarto o de puro asco de la vida? 

Algunos alumnos disfrutaban de aquel paisaje con la perversión de quien observa la agonía de un pájaro con las alas rotas. Otros sacaban pecho ante las chicas con aire protector; y los empollones de turno tomaban apuntes hasta del detalle más nauseabundo, si cabía la posibilidad de que cayera en el examen.

El estómago, grande como el de una bestia, contenía una pasta blancuzca irreconocible que, mezclada con el alcohol de la botella que se encontró a su lado, podría haber causado la muerte. Suficiente para formalizar un exiguo informe y dar por concluida la clase. A casa todos.

No me atreví a hablar. Aquel hombre había muerto de soledad. Ningún vecino reparó en su ausencia hasta que se extendió el olor. Quizá estaba en la ruina. O se cansó de ver la vida de los otros desde su casa, convertida en jaula, bajo un sol indiferente que a todos alcanza por igual. Nadie le lloraría. Nada cambió con su muerte. 

Pero el forense estaba harto de esa autopsia y de todos nosotros, que no hacíamos más que dar el coñazo. Aquello acabó rápido, sin conclusión definitiva ni más reflexiones, y salimos de nuevo a la vida y cada uno a sus planes inmediatos, sin temor alguno al paso del tiempo.

Yo mismo, pese a mi natural estado taciturno, pronto logré borrar aquellas imágenes de mi mente y dedicarme a mis asuntos, con la vista puesta, ante las adversidades de mi camino, en la esperanza de un día en que todo sería mejor. 

Hasta que fui consciente de haber dejado ese día atrás.

Quién hubiera podido imaginar que, tantos años después, escarmentada aquella arrogancia de juventud, descubierto el último velo tras el que no queda más que esperar, recordaría con envidia aquel cadáver. Porque mi soledad era inconsolable, sin una ilusión a la que aferrarme, sin un dios que me ayudara y sin la mano amada que nunca volvería a sostener; pero la de aquel cuerpo hediondo era todo paz, puesto que él, en aquella bañera metálica y fría, rodeado de moscas blancas, ya estaba, por fin, olvidado de sí mismo.