Cuando alguien se entrega a la muerte no necesariamente se suicida. Esta historia recrea cómo un individuo espera que la naturaleza haga su trabajo.

Foto: @saintkonde


–¡Petra! ¡Petra! –musita, inturbable, desde la cama. Lleva rato despierto, con las manos temblorosas cruzadas sobre el pecho; los ojos explorando el camino entre la ventana y el único cielo que se empeña en ver cada día. Despunta la mañana y siente los miembros agarrotados, la humanidad contraída, imposible el intento de coger impulso y separarse del colchón por sus propios medios; no le queda ni un ápice de voluntad. 

–¡Petra! ¡Petra! –vuelve a llamar, y se pregunta «dónde se habrá metido esta mujer», seguro comprando el pan, remojando los garbanzos para la comida, buscando la insulina que dentro de un rato él tendrá que pincharse en la pierna. No ha terminado de repasar todas las posibilidades cuando la ve aparecer, dando voces, agarrando fuerza para levantarlo a él, «saco de patatas», «barriga gorda», «castigo de dios», motes que emanan de la frustración y la amargura de convivir, más bien de bregar, con un ser maltrecho.   

Hace diez años, cuando Pablo recibió el diagnóstico de la diabetes, y a ello se sumaron las dificultades para orinar, lo sentenciaron —se auto sentenció— a un estado progresivo de quietismo. Recién jubilado, confiaba en que por fin vendría el descanso del campo: desde adolescente trabajando para vivir lo justo a merced del sol, de los mosquitos, del frío, y del engreimiento de capataces necios; jamás sospechó que la enfermedad aparecería, socarrona, para instalarse durante tanto tiempo y dejarlo relegado a caminar de la habitación a la sala, de la sala al baño y, en días buenos, al patio.

«Fulano está peor que tú y sí sale a andar», «Mengano también tiene una sonda y eso no le impide continuar su vida», «Sigue así y terminarás inmóvil, inútil», son algunas de las frases que pretenden darle un escarmiento pero suenan estériles. No se esfuerza por resguardarlas, deja que reboten, simplemente se las sacude. Porque sí; porque ni su hijo, ni su esposa, ni su hermana, habitan ese cuerpo desgarrado, herido, que insiste en pasmarse como un monumento del neolítico hasta dejar que el dolor se pertreche.

Que le llamen soncón, testarudo, más duro que una tapia, más terco que una mula, si eso les place; hace mucho dejó de ser un hombre, ahora mismo es de piedra; no cede, no flaquea, y una década entera sentado en el sofá, sin apenas moverse, es la praxis más segura, más placentera, antes de que llegue la muerte.

Incrustado en el sillón, solo encuentra regocijo en la televisión, puesta en el máximo volumen, su mano dirigiéndola cuando el tedio se apodera de él y resulta inevitable el ejercicio de estirarla para coger el mando, pulsar los botones, cambiar de canal. 

Hace bastante que Pablo perdió la noción de la realidad. Casi siempre pregunta «qué fecha es hoy», «en qué mes estamos»; olvida los nombres de sus amigos, confunde los rostros de los vecinos; si su mujer no le quita el pañal, no distingue si se ha meado o cagado, hasta el control sobre sus esfínteres se fue por un despeñadero. 

Pero, por más fatídico que parezca su destino, todavía ejerce la autoridad de decidir qué programa, sea de coplas, sea de toros, el informativo o las novelas, le ayudará a sentirte vasto, pleno. Aunque ante los demás rezume angustia, fatalidad, y ya ni la barba se afeite, ni las uñas se corte; y en su cabeza, donde solo quedan reminiscencias, se revuelven las voces de su hijo y de su mujer, que imploran, sin cesar: «Pablo, levántate».