cuento erótico nuestra ley

Presentamos el cuento erótico «Nuestra ley», una historia que muestra cómo una pareja experimenta todo literalmente. El autor plantea cómo sería la primera vez entre dos personas que han «nacido» adultas.

Foto: Alex Sky. Pixabay.


I

Estábamos en un bosque bellísimo, sin saber desde cuándo y sin recuerdos de haber estado antes en algún otro lugar. ¡Vida por todos lados! Desde árboles de todas las variedades hasta animales que mansamente paseaban a nuestro lado sin el menor atisbo de temor. Una tenue y casi imperceptible llovizna caía mansamente durante todo el día, humedeciendo nuestro aliento entremezclado por la cercanía.

Sobre nuestra cabeza, una voz retumbaba de tanto en tanto entre las nubes sonrosadas cual pétalos vaporosos de rosas celestiales. Los frutos maduros caían a nuestro alrededor en medio de una lluvia que daba la sensación de saborear colores, colmatando el paladar de nuevos placeres; trocitos de gloria se deslizaban paulatinamente, un clímax diferente segundo a segundo.

¿Recuerdas el día en que decidimos darle nombre a cada animal que veíamos? Tu piel desnuda amaneció vestida de sol con perlas radiantes cuyo rastro iridiscente pintaba encantos sobre tu núbil pecho.

Te erguiste en medio de aquel baño de luz, y el rocío se escurrió entre tus senos erectos y plenos de morbo y deseo, a pesar de lo intenso de la noche que había muerto hacía pocos instantes. Tu piel tersa y ávida de caricias me invitaba a revivir esa lujuria desatada cuando solo basta acercarnos.

Había aves revoloteando cerca de nuestras cabezas y sus trinos cristalinos endulzaban nuestros tímpanos embelesados con aquel orgasmo de cantos celestiales. El aroma tenue de florecillas silvestres despertó nuestro apetito; y tomados de la mano, riendo nuestra inocencia, completamente desnudos de cuerpo y alma, corrimos como dos chiquillos hacia enormes y frondosos árboles frutales que extendían sus brazos generosos, plenos de frutos que nos extasiaban.  

Unas gráciles criaturas de cuatro patas e inhiesta cornamenta nos ayudaban a limpiar aquel prado del dorado refulgente de los que caían de aquel árbol.

–¿Qué son? –preguntaste con un tono interrogativo. Era la primera vez que decías algo. La verdad es que en medio de todo aquel encanto, no sabía hablabas. De hecho, en aquel momento, yo tampoco sabía si podría. Es más, sólo a medida que pensaba en la necesidad de hilvanar pensamientos, iban brotando copiosamente de mi mente, palabras que ni siquiera conocía. ¡Era algo asombroso!

–No lo sé –contesté temblando. Me parecía increíble que también pudiera hablar. Sonaba dentro de mí como la voz que de cuando en cuando retumbaba entre las nubes. ¿La voz de la conciencia?

–Hablamos, ¿no? –afirmaste con una ceja arqueada.

–¿Te diste cuenta? –pregunté cruzando una mirada a través del brillo prístino de tus ojos en los que bailaba el destello de una pregunta.

–Sí –tu voz sonó solemne por un momento–. Estamos… sacando de nuestras mentes… palabras que no sabíamos que estaban allí.

Por un instante que parecía eterno nos quedamos contemplándonos mutuamente, deleitándonos con cada detalle de nuestros rostros, explorando cada centímetro de piel, cada mínima parte de nuestros ojos, nariz, frente, mejillas y boca. Lo asombroso era que coincidíamos en cada lento movimiento de nuestras pupilas y de nuestros cuellos, como si estuviéramos frente a nuestra propia imagen en un espejo. Lentamente deslicé mi mirada hacia tu cuello y un poco más abajo. Todavía había gotas de rocío en la vertiente que se deslizaban entre tus senos. Una mariposa rojo escarlata se detuvo un momento sobre la negra cascada brillante de tu cabellera de seda y tus ojos recorrieron mi torso desnudo hasta posarse un poco más abajo de mi cintura. 

Te fijaste en mi cintura. Un poco más abajo. La sangre brotaba a borbotones, estaba duro como el pedernal de la escarpada que nos secundaba desde el poniente. Lentamente tus rodillas se doblaron en una secuencia de flexiones musculares en tus muslos que evocan el placer del fuego. Quería atizarte.

¡El dolor extremo del placer experimentado! Un torbellino de ardiente sabrosura se desató, mi carne palpitaba casi involuntariamente mientras tus labios succionaban los bordes del glande en un rítmico ir y venir que amenazaba con arrebatarme la razón.  Unos jadeos desesperados. Un gemido conmovedor. Una canción que brotaba de mi garganta sin control; y la tuya que me devoraba; lo engullía con hambre y luces multicolores destellantes.

No podías abigarrarme si así lo hubieras querido. Tu mirada y la mía entrelazadas y el ritmo de ansias escabrosas se detuvo. Te levantaste, irguiendo lentamente tus esculturales proporciones y te sentaste en la hierba mullida; los venados nos rodeaban, embelesados; y un macho dominante cabalgaba una hembra en celo. 

Cuando voltee a verte, estabas acostada. Tus piernas entreabiertas invitaban a continuar el desenfreno… y tu mirada ardiente exigía mi atención… me acerqué con una desesperante lentitud… de medio lado casi encima de ti y un burbujeante ir y venir de lenguas ávidas me recibió… nos fundimos en un voraz beso pleno de un placer delirante. Lo salado de nuestra sangre que brotaba tenuemente de nuestros labios divinamente lastimados aumentó nuestra excitación.

Tu cuello alargado y ansioso se ladeó y yo lo chupé inmisericorde; chupé y saboree el almizcle dulzón de tu piel… descendí por tus senos cual montañas erguidas y desafiantes pero adoloridas. Lo ignoramos; me dediqué con empeño y denuedo a apaciguar el fuego desatado en esos duros pezones, a amasar aquella acumulación carnosa llena de gloria celestial; pórtico de tu vientre que se complacía en mis chupadas y lamidas.

Al fin, estabas enrojecida por la ansiedad y las ganas infinitas de ser besar y lamerte hasta el último aliento de vida… y no me hice de rogar cuando tu clítoris apareció ante mí, inhiesto, hinchado de tanta sangre acumulada a punto de reventar… pero justo a tiempo mi lengua, ajena a mi voluntad, removió suavemente su angustia dolorosa, reflejada en tu rostro arrebatado por el más intenso placer jamás sentido… mis labios succionaron aquel risco eréctil con una rítmica alucinante que arrancaba gritos de tu garganta… pero tu oquedad palpitante hacia septentrión exigía atención inmediata; así que introduje mi lengua profundamente… adentro… adentro… afuera… adentro… afuera.. una y otra vez.

De pronto, unas suaves contracciones estrecharon mi lengua y tus quejidos fueron música para mis oídos…me incorporé duro como la escarpada, clamando compasión; así que lo acerqué a aquella oquedad de valvas inquietas y como tardé un segundo demás en entrar, tu cintura se abalanzó hacia mí en un movimiento casi espasmódico, permitiendo que tu hambrienta oquedad septentrional me devorara.

   II

–Ya sé lo que son –dije con un tono incoloro. Un cosquilleo placentero todavía merodeaba por las adyacencias de mi falo fláccido.

–Yo también –contestaste desde la hierba mullida que te servía de colchón–. Venados.

–¿Cómo lo supiste?

–¿Recuerdas cuando detuve mi felación? En ese momento un macho montaba a una hembra y en un segundo, el nombre apareció en mi mente.

–Así me pasó a mí –contesté meditabundo. Miré hacia la escarpada y el sol poniente iniciaba su último tramo bañado de sonrosadas y algodonosas nubecillas que jugueteaban entre sus rayos; las había rizadas con bordes dorados; otras de consistencia entretejida, de un purpúreo surrealista y otras empapadas en sangre celestial de aspecto brumoso. Una andanada de pajarillos vespertinos revoloteó alrededor desgranando trinos cristalinos. Y finalmente pude darle forma a la pregunta que se negaba a brotar de mi mente.

–¿Qué somos?

La pregunta no tuvo una respuesta rápida. La sombra de una duda apareció sobre tu frente, y en tu rostro un rictus discordante parecía ser el único medio de comunicación entre ti y el resto de la realidad. Lentamente ladeaste la cabeza hacia el Oriente como buscando un no sé qué. Había algo extraño en el ambiente. Una especie de zumbido muy grave y poco perceptible; una vibración que parecía nacer del bajo vientre y subía hasta el pecho. Creo que tú también percibías algo.

Sí, de repente empezamos a sentir algo muy fuerte y muy grande. Era una vibración que nos estremecía de pies a cabeza, nos sofocaba, nos abrumaba.  Una mirada de asombro nos cruzamos antes de rodar por tierra, despojados repentinamente de nuestras fuerzas y presas de un temor más allá de la razón. El estruendo estremecedor provenía de arriba, de entre las nubes, las cuales se movían alrededor de una masa invisible que avanzaba entre ellas. Alcancé a ver cómo la masa invisible se abalanzaba sobre nosotros, antes de ceder a mi falta de fuerza que empujaba mi cabeza entre las rodillas.

Una voz inmensa, llenó el aire por completo. Una voz que desnudaba todo pensamiento, toda intimidad. Al principio yo no entendí nada, pero a los pocos segundos, las palabras que estremecían mi insignificante cuerpo parecían tener sentido.

–Macho y hembra los creé –resonó como un eco abismal entre acantilados infinitos. 

–A mi semejanza –la reverberación alcanzó los límites de la percepción, transformándose en pensamiento que abarcaba toda la mente

–Reprodúzcanse… háganse muchos… tengan en sujeción a todos los animales…  extiendan el Edén por los confines de La Tierra –la enorme voz escudriñó hasta mi más recóndito pensamiento. 

Un gran sopor me invadió, una somnolencia que mutilaba mi voluntad pero me mantenía consciente. No podía abrir los ojos, no podía moverme, pero escuchaba algo que se movía a mi alrededor; algo indescriptible; un poder infinito; una presencia subyugante y atemorizante pero benévola.

–Observen mi ley –retumbó con una increíble fuerza que sacudió los cimientos de la tierra y fuimos estremecidos de pies a cabeza.