cuento melancólico

Este cuento melancólico narra la historia de un sujeto que le canta a la nostalgia. Las aventuras de su vida desventurada son fieles al desencanto.

Foto: Pixabay.


Comienzo

Entre vuelta y vuelta despierto con algo de frío. Llovió mucho durante la noche y eso hace que baje más la temperatura en la habitación. Me levanto, apago el aire acondicionado y salgo al baño para atender ese impostergable llamado de la naturaleza. Muchas veces es quien en realidad me despierta.

A lo lejos se escucha el ruido de algunos carros. Toques de cornetas y voces que se pierden en la distancia. Cerca, el canto de las aves me hace recordar lo grato que son las mañanas en esta casa, nuestra casa. Vivir en una urbanización alejada del casco central y colindar con un terreno que en algún momento será utilizado para algo, tiene sus ventajas; la mañana es fresca, amenazada en aumentar su temperatura por débiles rayos de sol que irrumpen entre nubes de distintas tonalidades. El aroma del café se cuela por todas las áreas de la casa invitando a una taza, o dos, para comenzar con un agradable sabor en la boca otro día más acá.

–¡Épale, buenos días! ¿Cómo está todo? ¿Qué hubo? ¿Qué pasó? ¿Cómo está la vaina? Y así sucesivamente se desarrolla el diálogo matutino que mantengo con los vecinos que me encuentro en el trayecto hasta la entrada de la urbanización. En palabras más o palabras menos se traduce la relación que mantengo con quienes comparto cuentas en común por tratar de mantener el buen estado de los alrededores. Salir es una odisea de distintas magnitudes, dependiendo siempre de cual sea tu destino. Caminar es un buen ejercicio, dicen los médicos. Entonces debo estar en buenas condiciones, tomando en cuenta que el pueblo está a una milla de distancia. Cualquier salida me garantiza caminar al menos dos al día. Espero que eso repercuta de manera positiva para mi salud.

Caminando surgen recuerdos de tiempos pasados, de juventud, rabia, rebeldía y Rock & Roll; tiempos de dinero fácil, inexperiencia, vicios, excesos y más Rock & Roll. Recuerdos de aquella época en la que nos creemos inmortales. Para las locuras que hacíamos, de veras que estábamos rayando en la inmortalidad.

De la ciudad donde crecí, extraño El Ávila. Su sonido de fondo a cada hora, ese aroma entremezclado del humo automotor, la belleza femenina, el cigarrillo mañanero. Esa permanente melodía de fondo en el metro; la cordialidad de ceder el puesto a la tercera edad, a las damas en vía a la concepción o con su bendición en brazos. Los amores y desamores. Las eternas rumbas de cualquier universidad. La vida en una plaza o en muchas plazas; esa complicidad entre perros e indigentes que te hacían sentir más seguro de estar allí, que cuando aparecía la ley y el orden. Las hamburguesas del científico; los amaneceres en Greenwich; esperar el primer metro de la mañana, tomar el último taxi de la noche. El teléfono público. Ir sentado en la camionetica hasta que cedía mi puesto a la doña o al maestro que agradeció con una sonrisa o ponía la cara de culo porque nadie más lo tomó en cuenta. El escolta que me rescató de una pelea en algún bar. La chica que me amó más de lo que yo a ella; la resaca del desamor, el engaño la traición. La preocupación de una madre al no saber de su hijo por muchas horas; las redadas, el alcohol, las fiestas que terminaban en la playa, el dueño del carro que se emborrachó, la pelea de parejas, el chisme, la intriga que terminó en boda y con la boda. Las hamburguesas de Filippo; la coctelera de la patrulla que se acerca a interrumpir la sesión de sexo oral que te pudiste pagar en la vía pública; la multa, el dame pa’ los refrescos, el faro roto, la mala canción, el puto ruido de un acordeón vallenatero que te obliga a mirar alrededor tratando de adivinar ¿dónde coño estoy? 

Contrastar todas esas vivencias con la realidad actual puede ser un ejercicio para drenar; para recordar que no todo ha sido malo y que sin duda se puede estar peor, o mejor; pero que al fin y al cabo, son esas decisiones del pasado las que nos tienen justo aquí.

La lealtad es un valor muy preciado, todos la reclamamos, la pedimos a gritos. Hay quienes podemos ser leales a otras personas, a nuestros padres, esposas, novias de turno. Incluso hay quienes, tal vez eventualmente, sean leales a sí mismos, pero muchas veces la lealtad debe ser quebrantada a medida que maduramos. Lo que ayer era importante para mi ritmo de vida, hoy, una parranda de años después lo puedo ver como un error del pasado. Entonces, ¿qué pasó con la lealtad hacia quien fui en aquellos tiempos? Solo fue un ensayo de lo que nos convertimos con el paso del tiempo. 

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, y puede que tenga mucho sentido, porque sólo quien ha tenido un perro en casa puede haber experimentado la alegría de esos animales cuando uno llega luego de la jornada diaria; se desviven por hacerte sentir bienvenido, así te hayan vuelto la casa un culo o te orinen los cuatro cauchos del carro en una sola vuelta luego de pasar por el autolavado.

El perro es sin duda sinónimo de lealtad, pero la crisis que nos ha pateado en los últimos años, ha obligado a muchas familias buscar nuevos horizontes, hacer vida en otras tierras, migrar en busca de un sueño o simplemente la libertad de poder vivir en libertad; por lo que se han visto obligadas a dejar en la orfandad a esos seres que hasta ese día se sentían como uno más de la familia, esa única manada humana que conoce. La vida sigue y seguirá su camino sin importarle tus tropiezos, es peo tuyo si te levantas o te sientes cómodo allí. Un día estamos arriba y otros tantos justo debajo del subterráneo; hoy ella te dice que te ama y mañana la encuentras en brazos de otro.

Todo suma y resta, todo está, volvió y se fue; quien ayer tuvo chofer hoy está en la inmunda. Quien ayer fue un perrito de casa, hoy deambula por las calles en busca de comida, agua y reproducirse. O de algún ser de bien que le brinde algunas migajas de pan o un espacio en ese cartón donde duerme cada noche hasta que sale el sol, atesorando recuerdos de un ayer que lo castiga, viviendo cada día aventuras y desventuras arraigadas a su identidad, a su pasado y presente, a los tranquilos y apacibles amaneceres de hoy como prueba de que la tempestad siempre tiene un final y la vida siempre nos da miles de razones para no parar de caminar.

Aventuras de un Perro Cacri. 

1986

Después de tantos años de ir y venir en el Expreso Los Morros, un buen día mi madre tomó la decisión de no seguir torturándose con esa viajadera todos los días desde Cagua hasta Caracas para ir a trabajar en lo que sin duda fue su segunda casa, el Hospital Vargas. Son muchos años de vivir a la carrera entre la vida de una madre abnegada con tres hijos y la enfermera entregada a su profesión con cientos de niños que han recibido el tratamiento adecuado a sus dolencias. Empieza a pegar el cansancio de esperar el autobús cada mañana y cada noche. La salud resiente tantas horas de carretera; de constantes preocupaciones por lo que pueda encontrar en el camino o por lo que puedan inventar los niños en casa, el temor de hallarla en llamas, o sólo las cenizas; el esmero por llegar siempre a la hora y así no demorar la salida de la colega que le entregará el turno. 

Es innumerable la cantidad de niños que pasaron por sus manos en la Sala de Pediatría. Parecerá una exageración decir que, si tal vez no recuerda el nombre de todos sus pacientes, sé que recuerda sus rostros. También son miles los recuerdos agradables, el agradecimiento de los padres, o tal como rezaba el eslogan del Hospital San Juan de Dios: «La Sonrisa De Un Niño Sano, Será Su Recompensa»; en efecto, estas imágenes representaban para ella un pago con más valor que el dinero.

Están también los recuerdos tristes, lágrimas por quienes no lo lograron; el llanto silencioso por las sonrisas que desaparecieron a consecuencia de una penosa enfermedad. La batalla siempre ha estado allí, cambiará el sexo, la edad, la condición económica, la religión… Pero la misión era la misma, permitirle a cada niño ver el amanecer de ese día, del que le sigue y de todos los demás que estén por venir. Que hubo carencias, claro que sí, pero nunca fue limitante para asegurarle el tratamiento a cada paciente, si en el hospital no había el medicamento, pues no le importaba recorrer las farmacias que estaban alrededor hasta conseguirla en calidad de préstamo, o pagarla con dinero de su propio bolsillo, contal de no poner en riesgo la vida que le fue confiada.

«Apréndete esto y que nunca se te olvide: no existe una pregunta idiota, pero si idiotas que no preguntan», me decía cuando le preguntaba sobre una duda que no había aclarado en clases, tal vez por pena o por idiota; de allí que siempre lo pregunto todo, y si la respuesta no me satisfacía, salía corriendo a la Biblioteca Metropolitana Simón Rodríguez a jurungar los libros hasta dar con ella. Y estos carajitos de ahora con tanta tecnología en sus manos, con acceso a toda la información del mundo en sus manos y desperdician horas viendo el vídeo de un pendejo que jugando videojuegos que en su vida llegarán a jugar.

No recuerdo haberla escuchado hablar alguna vez sobre su salario, un bono, la quincena o que le hayan pagado menos de lo estipulado; en cambio recuerdo algunos casos de pacientes, conocí de enfermedades, tratamientos, pacientes, médicos, enfermeras y enfermeros; supe de accidentes por imprudencia de los adultos o tremenduras de los chamos, supe de casos tristes, de miserias humanas y de milagros.

En aquellos tiempos los gobiernos cambiaban cada cinco años, pasaba de los adecos a los copeyanos y así sucesivamente; por lo general en los entes públicos había mucha rotación de personal, era normal ver caras nuevas en cargos de libre remoción; tú sabes, de los que dependen del color que estén en el poder; y como era de esperarse, traían a sus viejos amigos para ocupar cargos nuevos por los que mucha gente estaba esperando, pero no contaban con los contactos o las influencias para ocuparlos.

Nunca faltaron quienes por mala intención o simples ganas de joder lanzaron la pregunta: «¿Y con qué bando estás tú?», otros más arriesgados se atrevían a inventarle un carnet del color que se les ocurriera e incluso decir que alguna vez la vieron militando con la tolda verde o blanca… Supieran esos pendejos que ni siquiera se estaba inscrita en el registro electoral, porque para ella la política tenía la misma importancia o valor que un algodón luego de ser utilizado. Ella se inscribió por la única razón que lo hizo mucha gente en el año 1998, tratando de evitar lo que no se pudo, y que tanto daño, dolor y separación ha traído.

Esa es la imagen que viene a mi mente cada vez que escucho la palabra ética.

Los años inclementes transcurrieron en la medida que se alcanzaron logros familiares e individuales. Una vida entera en torno a la salud, para la salud y por la salud. Siento alegría cuando la escucho hablar de sus compañeras de trabajo, todas contemporáneas, con historias similares pero vidas distintas, con quienes compartimos en familia algún cumpleaños o paseo, primera comunión, confirmación, bautizo y creo que hasta una boda. Hoy el paso de los años marca sus rostros y tiñe sus cabellos con plateados hilos, hoy aquellas manos lucen las arrugas de la experiencia, manteniendo el pulso preciso y el tacto suave y distintivo de quien sabe colocar una inyección sin que la sientas.

1986 fue un año trascendental para una familia que decidió mudarse a la capital, a perseguir sus sueños de superación. Para poder tener una mejor educación y, lo más importante, dejar de regalarle a la carretera todas esas horas que robaba a sus hijos. Pero ese contacto con la ciudad nos obligó a crecer más rápido de lo esperado; a conocer en cuestión de días las rutas de camionetas y autobuses que debíamos tomar desde San Bernardino hasta Los Mecedores; nos tocó aprender a desconfiar de la gente, a acelerar el paso cuando sientes que te siguen, a no distraerte con las vitrinas; aprendimos a decir no aún cuando moríamos de ganas por comer una chuchería; no existían celulares, así que nos acostumbramos a aprender los números telefónicos de memoria, y hasta el sol de hoy recuerdo varios.

La historia de nuestras vidas quedó marcada por un antes y un después de Caracas, cosas buenas y cosas malas estaban por venir en los siguientes años: vivimos la pobreza, compartimos una lata de sardina entre cuatro, nos hicimos amigos del fororo, aprendimos a utilizar cocina de gas.

Me tocó la barajita de ser el hijo mayor de padres divorciados y tratar de llevar por el buen camino a mis hermanos pequeños en una ciudad en la que abundaban bandas criminales formadas por menores, donde los chamos eran obligados a consumir perico o bazuko en los baños del liceo o la escuela; donde las armas reemplazaron la perinola y el traca-traca y las niñas mas bonitas e inteligentes del salón terminaban empatadas con los que eran hampa. Tocó calcular los tiempos para buscar a los chamos, revisarles los cuadernos, ayudarlos con las tareas, preparar la comida y tratar de inculcarles un buen ejemplo… ser un buen ejemplo, que peo, suena fácil, pero en realidad no lo fue…

Pasaje 7

…y no te quiero ver más por acá…

Esas fueron sus últimas palabras, acompañadas por el golpe seco de la puerta en su cara. Era una noche de fuerte y fría lluvia. Uno tras otro se sumaron los pasos de una larga caminata cruzando los pasajes de San Agustín del Sur en aquella Caracas azotada por el hampa.

Por su mente no paraban de danzar las palabras que alguna vez se dijeron: los «te amo» con los «te quiero» en un interminable vals de quinceañera, mientras desde un rincón del salón las mentiras, el chisme y la envidia cuchicheaban sin dejar de ver molestas —y de reojo— la felicidad de quienes bailaban. Suena estúpida esa metáfora, pero en la mente atribulada por la decepción, los recuerdos de las frases cursis dichas en público se repiten a cada momento en tono de burla, pero con la certeza de que las personas que fueron testigos presenciales, sintieron algo de envidia por no tener en sus vidas alguien que les brindara ese tipo de amor cada vez más escaso. 

«Debí ser menos pendejo y escaparme con esa caraja la otra noche cuando me invitó, en lugar de esperar a esta fuera de la facultad y terminar discutiendo por una estupidez»; divagaba mientras cruzaba entre un grupo de personas que salía de un bar, tratando de no tropezar con nadie, evitando cualquier roce que terminara en una pelea innecesaria. Sus pensamientos, en un momento, fueron interrumpidos.

–Chamo, regálame diez bolos para completar un pasaje… –intervino un joven que se cruzó en su camino. Era, al menos en apariencia, menor que él; con las manos en los bolsillos y una cicatriz desde la sien hasta la barbilla, le hablaba con un ligero temblor. Tal vez producto del frío o la ansiedad de quien no ha recibido su dosis del polvo para hablar con los dioses.

–No tengo –respondió sin detener el paso ni mostrar sorpresa por la repentina aparición de ese tipo.

–Coño, chamo, es que me quedé sin dinero y necesito pa’ regresar a Charallave… –repetía con insistencia, saltándole al paso.

–Esa mierda no es peo mío –dijo mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo de la camisa; con la otra buscaba el encendedor, tanteando por encima del pantalón.

–Coño, pana, al menos regalame un cigarro allí…

–Arranca de aquí, no joda, que voy apurao’.

–¿Sabes cómo es la vaina? Esto es un quieto. Dame lo que tengas o te dejo pegao’ –gritó el malandro. Sacó con la mano derecha un revólver negro, cañón corto, al mismo tiempo que con la otra intentó detener a nuestro protagonista con un manotazo en el pecho.

–Ajá, ¿y? ¿Vas a disparar? Si sacas un arma es porque vas a disparar… Échale bolas, pues; o sino quítate del medio que estoy apurao’ y con una arrechera encima, becerro.

–Te estoy hablando en serio…

–¿Y tú crees que estoy jugando? Dispara o dame acá esa vaina y nos matamos los dos pa’ que se acabe la mariquera. 

Con un manotazo apartó la mano que el malandro había puesto en su pecho, empujándolo hacia un lado para continuar su camino. El otro continuó detrás de él, profiriendo insultos y amenazas, apuntando todavía con el arma. Nada de eso detenía la caminata sin rumbo fijo, la rabia acumulada por el tiempo perdido en una relación que no conduce a nada.

Dando un brusco giro inesperado por el malandro, dirigió una fría mirada a sus ojos, que encerraba la rabia y el dolor que se sentía al saberse engañado por la mujer amada, por quien abandonaría su familia, amigos, proyectos, y que hoy se entregaba a otro hombre durante su ausencia. Con un rápido movimiento tomó la mano que empuñaba el arma dirigiéndola hacia su cabeza y presionando el cañón de ésta en su frente. 

–Dispara de una puta vez y pon fin a esta arrechera que siento! –gritó mientras dos lágrimas se confunden con la lluvia que lavaba su rostro.

El malandro quedó inmóvil por unos segundos con cara de terror, se persignó mientras escondía su arma antes de huir, no sin antes gritar:

–Tú estás loco, tú estás buscando tu muerte y no seré yo quien te haga ese favor, maldito loco.

Dos cuadras más adelante, siguió su caminata subiendo por la vuelta del casquillo, para tomar las escaleras que conducen a la Avenida Fuerzas Armadas. En lugar de caminar, decidió esperar una de las camioneticas de la ruta San Luis – Turmerito que trabajan veinticuatro horas; su destino, el primer bar abierto que encuentre en el camino para ahogar sus penas en alcohol. Ese bar está a menos de tres cuadras, puede llegar tranquilamente caminando pero hay algo que se lo impide; y es que las rodillas no le paran de temblar de miedo por ese destello de valentía que lo encandilaron a él y al ladrón.