Foto: Carlos Pérez.


Levantarse y no preguntarse por nada. Vivir, a veces, significa estar —o parecer— muerto. Esa figura espectral es propia del protagonista de Tener una vida, novela escrita por Daniel Jándula. Es la historia de un hombre engañado a sí mismo, arrastrado por las circunstancias, sin aparente posibilidad de elección. 

Si bien nota la ausencia de la lámpara, el sofá o los libros en la habitación, nunca repara en el agujero blanco de la pared tragándose todo. Permanece en una postura cómoda, de brazos cruzados. Prefiere no interpelar y se queda habitando en las certezas.

Precisamente, para el autor de este libro, la diferencia entre «tener una vida de mejor calidad o no» radica en la capacidad de pensarla y replantearla. «Está en cuánto dedicamos a poner en duda lo que hacemos, lo que somos. Es una necesidad primaria y algunos esperamos a que nos empiece a ir mal para intentarlo». 

Sin embargo, en un punto resulta difícil ocultar las anomalías de las paredes. Es un impulso indetenible. Después de tanto tiempo dejándose llevar por la inercia, de merodear como un fantasma, es vital cuestionarlo todo. Él mismo lo experimentó: era una época de no parar de hacerse preguntas, así como le dio por andar sin ningún destino o motivo aparente. 

«En ese momento no quería respuestas. Mi primera intención era preguntarme. Las respuestas vinieron después. El libro, en parte, es el resultado de ese proceso. Además me abrió nuevas interrogantes tal como suele ocurrir. En realidad la adolescencia es eso: la inquietud por saber dónde estás, quién eres, cuál es tu papel. Entonces, pasas a la adultez sin resolverla y ahí es donde empiezan los problemas serios».

En ese sentido, asegura, la clave es permitirse dudar. «Porque si no vas a ser un esclavo siempre de tus deseos o de los deseos de otros. Aunque pueda molestar, aunque sea una piedra en el zapato, vale la pena. Una vida mejora cuando te planteas qué sería del mundo o de los que están cerca de ti si tú no estuvieras. Cada uno a su nivel, no obligatoriamente a un nivel filosófico o moral, sino hasta donde lleguen nuestros límites». 

La necesidad de desaparecer

Mucho se ha escrito acerca de las ganas de desaparecer —o morir—. Quién no ha experimentado la sensación de querer huir, sobre todo, cuando algún acto causa vergüenza. Mucho se ha escrito sobre soltar lastres. Abandonar la toxicidad es un tema típico en los libros de autoayuda. 

«Pero, ¿y si el lastre eres tú? ¿cuál es la opción cuando te conviertes en el peso inútil? —cuestiona Daniel Jándula—. Los roles se intercambian. No eres quien deja. Es a ti quien abandonan. Las personas, incluso las circunstancias, te sueltan». En ese caso, sostiene, solo quedan dos opciones: quitarse de en medio o tratar de encontrar quién eres. 

Para ello es fundamental encontrar espacios de silencio así que optamos por apartarnos. Sin embargo, en algún momento se requiere volver. Cuando los pensamientos se tornan repetitivos y entramos en un círculo vicioso que no conduce a nada. 

La intuición, en ese caso, no falla. A pesar de estar latente la tentación de “borrarse”, está vinculada con la frase de Samuel Beckett: Fail better. «Si te ves como un fracasado, hazlo bien, pues igual vas a fracasar. Es la única certeza. Por eso, vale la pena regresar para encontrar respuestas; buscar estar vivo, ser un ser vivo, tener una vida».

Vivir: entre la complejidad y el dolor 

No se puede llamar vida a una existencia sin dolor. Incluso, afirma Daniel Jándula, este influye en la creación y se vuelve útil cuando queda atrás pues los sucesos empiezan a verse desde la distancia. Esta novela, justamente, está hecha así: las cosas dolorosas contadas de sí mismo no dejaron de afectarle pero ahora no son una carga. 

«Esto también tiene que ver con cómo uno ve la literatura. Para algunos es una cura y yo estoy de acuerdo pero solo en partes. Quiero decir, hace falta más que los libros para sobrevivir. Cuando empecé a escribir no lo veía así. Ahora lo entiendo: no basta solo con ponerlo en el papel». 

La pretensión inicial, comenta, era escribir una historia que removiera a la gente. A través de la imagen del agujero sumergió al personaje en una situación verdaderamente límite, permitiéndole a ambos —escritor y protagonista— mirar más lejos.

«Yo he encontrado en la literatura —y no en otras artes como la fotografía, el cine, el dibujo— la capacidad de ver las cosas de un modo más complejo, de expresar la realidad, incluso la verdad. Esto pega mucho con mi forma de ser. Pienso que la literatura le añade complejidad a la vida». 

La vida bien sujeta

¿Cómo es posible palpar una vida? La conjugación del verbo tener usualmente indica estar delante de algo tangible, algo que pertenece. Este carácter de posesión le recuerda a Daniel Jándula cuando se convirtió en padre. Antes de nacer su hijo veía las ecografías, escuchaba los latidos, experiencia bastante diferente a la de la madre. Con el niño en brazos por primera vez, descubrió el significado de esta expresión.

«La descubres y haces el vago intento de apresarla: no la quieres soltar. Incluso, dejas de ser tú para tomar la de otra persona. ¿Y si en realidad todo consiste en una ilusión? ¿qué pasa si se trata de perseguir una vida y no alcanzarla? Ahí es donde está el pequeño giro… Hasta esa línea el personaje está en el intento de agarrarla y no puede. Una cosa es la intención de querer apresar la vida, hacerte dueño, y otra cosa es la realidad».

No obstante, a estas alturas, considera su propia vida bien sujeta. Aunque siempre puede ser mejor: las cosas como son. Sobre todo es libre de seguir preguntándose qué hace aquí. De eso se trata: dudar cada cierto tiempo; cuestionar dónde está, dónde va. Al final, tanto la realidad como la ficción reflejan la transformación del ser humano. 

«Yo quería mostrar el momento del cambio en el interior del personaje. Los estallidos más violentos y también los instantes de luz. Mi intención era representar un proceso. Por eso el título no es: He tenido una vida. Más bien hace alusión a una frase común: “Quiero tener una vida exitosa”, por ejemplo. El agujero en la pared llevándose todo es solo una excusa. Es el impulso de este hombre —y por consiguiente del lector— para plantearse el motivo de las cosas que suceden y así evitar desaparecer».