En la nueva independencia de Chile, desde el 18 de octubre del 2019, de una vez por todas se derrumbó la mentira en forma de Oasis que todavía defiende a muerte el Poder. Si bien el espejismo es evidente para quienes sus ojos no fueron mutilados por Carabineros, todavía la gran parte de los medios de comunicación, los estudios de mercado, los políticos y empresarios sin corazón siguen ofreciendo una hegemonía surrealista disfrazada por la necesidad de progreso y estabilidad social.

En este país con nombre obsoleto, nos educaron con un déficit de empatía criminal. Somos un número en este planeta globalizado… explotado por el uso irresponsable de los avances tecnológicos. Hoy, nuestro valor se calcula por el capital económico y la plusvalía que los empleadores recaudan a costa del agobio personal. Para colmo, comprender el mensaje «hasta que valga la pena vivir» complica más el estado de las cosas.

A pesar de que estamos ad portas de una nueva Constitución, la cual debe redactarse posterior a una Asamblea Constituyente, el cansancio de ser chileno es bastante crítico en nuestro sentir. Al estar vivos en este trágico fin de la década, soñar con un futuro próspero es bastante ingenuo.

En la mortalidad de lo que está vivo, en el amor que surge en el momento más oportuno y/o inoportuno nos empapa esta tristeza transversal que no discrimina por edad ni género, pues es un sentimiento basal que se expresa como angustia política, física, mental, amorosa y relacional, lo que a la larga eleva una sensación de desarraigo; la desesperación y el mercado se apropian de la Belleza. 

¿Acaso es imposible llegar a buen puerto? En uno de los poemas de Emily Dickinson, la invisibilizada artista norteamericana planteó lo siguiente:

«¡A la deriva! ¡Un pequeño bote a la deriva!

¡Y cae la noche!

¿Acaso nadie guiará el pequeño bote

al pueblo más cercano?

Así cuentan los marineros — sobre el ayer —

que cuando la tarde se puso ocre

un pequeño bote abandonó su lucha

y a las profundidades bajó y bajó.

Así cuentan los ángeles — sobre el ayer —

que cuando la mañana se puso roja

un pequeño bote — superado por las galernas —

aparejó sus mástiles — engalanó sus velas —

¡y con júbilo — salió disparado!».

Dickinson es amada en pleno siglo XXI por escribir con palabras delicadas las extrañas cualidades de la Naturaleza, esa que nos llevó a esta construcción social de la realidad que nos mantiene al borde del último diciembre del decenio en la desesperanza que enferma a millones.

También popular por el innovador uso de guiones y no querer compartir su obra con nadie —ni mucho menos vivir en sociedad— ella guardó más de 1.500 poemas que reflejan su agonía constante.

«Llorar es un asunto tan pequeño —

tan breve el asunto de suspirar —

¡Y sin embargo — por Oficios — tales

hombres y mujeres morimos!».

¿Es posible ser nadie?

En términos prácticos, esto significa restarse del transcurso inevitable de la historia que tanto odiamos por las mañanas, lo que resulta casi imposible pues contradice los axiomas del sistema sociopolítico actual. Por ende, el aislamiento es circunstancial, como en el caso de la poeta.

«Yo no soy nadie, ¿y tú?

¿No eres nadie tampoco?

Entonces somos dos, guarda el secreto.

Ya sabes que podrían desterrarnos.

¡Es un horror ser alguien!

Pregonarlo lo mismo que una rana

que proclama su nombre todo el día

a la admirada charca».

Aunque el suyo fue premeditado, no es único en su especie. Por ejemplo, los niños chilenos que son parte del Servicio Nacional de Menores (Sename), son excluidos por diferentes razones. Muchos NN que el Poder prefiere maltratar, prostituir, matar e invisibilizar en vez de sumarlos al desarrollo social.

Deambular a la Deriva

Con todo lo dicho, aún falta defender al aislamiento como revolución personal. Para hacerlo, quiero destacar la Teoría de la Deriva de Guy Debord. En 1958, el filósofo francés aseguró que una actitud inconformista hacia la experiencia urbana, es decir, «un deambular por los laberintos del espacio urbano en busca de deseos subversivos», es una manera de aislamiento porque nos permite evidenciar desde lejos la rutina.

Caminar sin rumbo por los recovecos de las ciudades, experimentar nuestra capacidad reflexiva con el propósito de redefinir los elementos que la conforman, incluyendo por supuesto a sus habitantes, es imprescindible para la década que está a punto de empezar.

Esta búsqueda por el deseo y la sorpresa guarda estrecha relación con la obra de Dickinson, incluso a pesar de que su vagabundeo receptivo como su dolor existencial le hayan privado de una vida pública. Estudiarla con atención nos simplificará la tarea de conseguir un aislamiento adecuado para la difusión de nuevas ideas, con el fin último de elaborar un espacio donde la vida alcance un verdadero sentido.

Aislarse, entonces, viene a ser el primer paso hacia la rebelión porque demuestra que el arte también es una forma de resguardo. Siempre que reina el caos, la muerte y las guerras, la decisión subversiva de conversar de manera artística recobra fuerza. En otras palabras, distanciarnos políticamente de lo establecido permitirá la creación de nuevos lenguajes que comuniquen nuestros sentires como seres sociales.

«Morí por la belleza, pero apenas

ahormada en la tumba

Otro murió por la Verdad, y estaba

en un lugar contiguo.

Me preguntó en voz baja: «¿De qué has muerto?»

Dije: «Por la belleza».

«Pues yo por la Verdad. Y son lo mismo.»

Añadió: «Hermanos somos».

Así, como parientes que se encuentran

de noche, conversamos.

Hasta que el musgo nos llegó a los labios

y cubrió nuestros nombres».

Con este accionar reconoceremos la Belleza; ahora juntos en lo colectivo. Una vez más es momento de analizar nuestro entorno, definir con firmeza nuestra postura, aceptar el dolor y maldecir el presente sin olvidar lo esenciales que son la empatía y el amor. Solo así podremos sobrevivir de nosotros mismos y morir con un poco dignidad.