Sí, es posible morir de amor. A simple vista, muerte y amor, son palabras enfrentadas, pero es probable, si se juntan, derivar en la melancolía. Una enfermedad psíquica como consecuencia de la pérdida de un objeto que solía ocupar parte importante en la psique de una persona. Perder a ese «ser amado» significa perder la vida, significa morir.

En el trabajo de investigación Amor y melancolía en El demonio de la depresión, de Andrew Solomon, Nuria Corrales Magín detalla: En un paciente melancólico se exhiben particularidades como la incapacidad de dar o recibir afecto, la nula o baja autoestima, el sentimiento de soledad, por tanto, en dicho desorden afectivo el amor va desapareciendo. 

Para Helena Trujillo, psicoanalista de la Escuela Grupo Cero, los sucesos de pérdida resultan dolorosos debido a un componente narcisista; el rechazo a la ausencia está relacionado con elementos propios y no con la características del objeto amado. «Había algo inconsciente que nos unía, pero en realidad era un “algo mío” puesto en el otro. Por eso enfermo, por eso me daña, porque he perdido algo de mí». 

«Es amor —aclara— pero no un amor sano. El amor, más bien, enriquece». Cuando alguien, a raíz del abandono o la muerte, siente romperse por dentro y no hay manera de cortar ese sentimiento, está inmerso en un estado melancólico. 

En estas circunstancias resulta imposible sustituir el ideal y vive con apego a una proyección de sí mismo. Es tan profundo que podría llegar a matar, a matarse o a enfermarse gravemente pues no encuentra formas de sustitución a ese objeto en el interior. Además, inicia un proceso de castigo, una hostilidad muy grande contra la defraudación.

«Si una persona no me dijo o hizo lo que yo esperaba y mi ideal se frustró, se inicia un proceso melancólico unido a la venganza. No cabe el perdón. Por eso hay suicidio, por eso hay cáncer. Es el efecto del deseo de eliminar y vengarse de la causa de mi frustración, de no ser como quería».

Amar lo diferente

Entonces, ¿cómo enfrentar estas situaciones de pérdida sin experimentar la muerte? Consiste, afirma, en aprender el amor, es decir, amar lo diferente. Aunque en nuestros primeros años establecemos modelos inconscientes del amor, luego vamos incorporando nuevas formas correspondientes con nuestra esencia. 

«En un momento no me sirve mi antigua manera de amar pues esta debería ser adaptativa a las circunstancias y las exigencias de mi vida. Si solo me puedo amar a mí mismo, el aprendizaje está en amar lo que se me escapa, lo que no poseo. Es así como entro en la normalidad: la salud es poder sustituir una cosa por otra».

Atravesar por procesos de duelo ante las pérdidas es normal en todos los casos. Durante un tiempo se experimenta tristeza: desapareció eso que daba gusto, placer o alegría. Sin embargo, es posible encontrar otra situación con el fin de experimentar igual o mayor placer. Es la idea de hallar la sustitución en la realidad pues el duelo no lleva a la muerte. 

«Si en mi fantasía imagino: “Esto ocurrirá de tal manera”, me frustro cuando no sucede. El otro no me amará como yo quiero, como tenía planeado, si no lo entiendo, viviré frustrado constantemente. La salud es poder aceptar las pérdidas, los desengaños, el abandono». 

Asimismo, señala el peligro de creer en uniones eternas, pues cuando la persona, por ejemplo, fallece, se ve imposibilitada la sustitución. Entonces, quien queda es capaz de reprimir sus tendencias opuestas, sus sentimientos hostiles a esa pareja tan amada solo para no contravenir a sus ideales religiosos o morales, excluyendo hasta sus propios deseos, los cuales determinan el vivir. 

La pulsión de muerte 

La muerte es un punto, la pulsión necesaria en el mecanismo de la vida; para poner límites, para interrumpir una relación o un trabajo con el objetivo de crecer. Incluso, podría decirse, la muerte permite a otro ser humano venir. Por ello, cuando es menester poner fin a determinados ciclos, y buscamos otro trabajo u otra pareja, igualmente seguimos amando. 

Las personas con problemas en la puntuación, insiste, terminan enfermándose. No poder despegarse, parecer uno solo, es también una manera de enfermarse. Para amarse es importante unirse y separarse, ser dos. «Termina el día y aunque me gustó, he disfrutado, lo pasé genial, tengo que puntuar para poder separarme y hacer otras cosas». 

De acuerdo a Trujillo la complejidad de nuestro aparato está en la unión y separación. Son elementos complejos tanto en las parejas como en cualquier otra situación donde la gente se involucre. En ese sentido, las enfermedades se producen cuando falta coordinación entre la pulsión de la vida y la muerte. Sí, debe haber unión, pero también separación. «Las decepciones son normales: el otro no va a ser como yo quiero». 

Los ideales del amor

El encuentro con otras personas, experiencias u objetos se deriva cuando el amor no se idealiza. Sin embargo, estos ideales los arrastramos inconscientemente, por lo cual resulta escabroso eliminar esos esquemas. A su juicio la interpretación psicoanalítica es la única manera de modificar esos pensamientos sobredeterminantes.

«Todo esto no corresponde con procesos vividos personalmente, sino con ideologías transmitidas a lo largo de la historia de la humanidad. La idea de la media naranja es de Platón y seguimos viviendo el amor buscando una pareja como complemento. Luego está Hegel, quien habló del amor y el esclavo, y vemos cómo millones de personas viven sometidas a otras, pero uno no lo sabe, uno lo padece». 

Por ello, afirma, la interpretación es una puerta nueva, abierta, mueve de un lugar a otro, llevando a la persona a un desvío nunca antes planteado. Así se produce una novedad, un movimiento, y en los esquemas se modifican cosas. No se sabe muy bien cuáles son hasta notar los efectos. 

«Tus producciones, tu vida, tu hablar, tu hacer, se modifica por esa interpretación, y si no hay modificación es porque todavía no se ha interpretado. Un caso palpable es si una persona amada se muere, yo debo incorporar ese hecho en mi vida, no puedo seguir viviendo como si estuviera conmigo. Esta modificación implica un trabajo, un proceso». 

El amor también es inconsciente

El cuerpo es la realidad social donde se inscriben —y se condicionan— todos los procesos psíquicos del ser humano. Este es un aspecto fundamental para entender que cualquier suceso de la vida, personal o laboral, acontece en un sujeto determinado por sus deseos, por sus pasiones, no por su moral. 

«El amor es una elección absolutamente inconsciente. La conciencia desde hace más de cien años está definida como los sentidos, como algo perceptual, por tanto no es el centro de la vida del hombre». Por eso, insiste, cada quien es diferente y una enfermedad no se puede pensar de manera general.

En el caso del amor, añade, el análisis te da la capacidad de procesar y modificar para evitar la melancolía. Trae a colación casos de mujeres maltratadas, repitiendo el mismo esquema en parejas posteriores, porque no se han modificado nada, no han sanado, y siguen repitiendo su sobredeterminación inconsciente: ser poseídas por el hombre. 

«El verdadero movimiento de las pasiones humanas es inconsciente y requiere de una interpretación para poder reconocerlas. Mientras no modifiques eso no cambiará tu posición ante las relaciones. No depende del otro. Es necesario modificar nuestra manera de pensar si queremos saber algo de nosotros mismos, si queremos tener una posición diferente frente a las enfermedades, si queremos prolongar la vida».