Arte: @SaintKonde. Transeúnte.


La muerte, certeza y misterio. Un acontecimiento que, desde las civilizaciones antiguas, no ha dejado indiferente a los seres humanos, dedicados a crear diversas prácticas con el fin de honrar a sus antepasados. Templos, pirámides, inciensos, ofrendas, cánticos, altares, desde Egipto a China, pasando por Grecia, India y Roma, sin olvidar a los persas o a los aztecas, ¡cuántas manifestaciones en torno a la muerte!

En Hispanoamérica, a raíz de la importante influencia del cristianismo y catolicismo, adoptamos, inventamos, actualizamos y mezclamos diferentes formas de rendir culto a nuestros muertos. Unas despampanantes, otras más recatadas, cuando llega noviembre los nombres de los que no están afloran en la memoria. 

Aunque cada vez más enfrentamos la muerte con cierta distancia, es difícil adoptar una actitud aséptica ante un hecho, punto decisivo, que arranca del plano terrenal a las personas amadas. A pesar del escepticismo ante la idea de una vida posterior, en los deudos prevalece la ilusión de mantener los recuerdos. ¿Qué tal si recorremos estas maneras de convivir con aquello que al fin y al cabo desconocemos en Hispanoamérica?

Honrar a los muertos, juntos  

La experiencia de celebrar el Día de los Muertos tal como se estila en México es inolvidable. Empieza con la elaboración recortando papeles de colores, preparando guirnaldas, flores y calaveras; buscando los ingredientes de los platos y bebidas típicas; armando cada piso del altar donde encontrarán espacio los objetos más valiosos de los fallecidos. 

Luego, el desarrollo del festejo, donde se juntan, amor y añoranza pero también la gracia y el humor porque quienes todavía viven, aunque no le temen, sí que desean espantarla. Una manera de ahuyentarla es recitando calaveritas literarias, versos que riman con experiencias reales, llamándola por tan solo algunos de sus cientos de nombres: La Chimuela, La Huesuda, La Pelona, Doña Osamenta, Dama Delgada o La Jala Parejo. 

Es una ocasión en la que los espíritus visitan a sus parientes y ese umbral desconocido desaparece. Refiere Manuel Botero Camacho en este ensayo: “Es la fiesta popular mexicana más importante, un tributo a los muertos que ya han dejado de padecer y que no desaparecen, sino que cambian de nivel. Por este motivo se deja en sus tumbas alcohol y tabaco (…) Aquellos que han dado la vida, y con su sangre ha nutrido la tierra, estableciendo un vínculo, puesto que gracias a ellos hay vida. Son los muertos los que han permitido que la vida continúe”. 

Días de rezos y visitas al cementerio

Sea cuando fallece un ser querido o a propósito del Día de los Muertos, rezar los novenarios es típico entre la feligresía católica. En países como Venezuela, Bolivia, República Dominicana o Paraguay es común que después del velatorio, en las propias casas o en funerarias, familiares y amigos ofrezcan oraciones en el transcurso de los siguientes nueve días. En estos momentos se procura mantener viva la memoria del fallecido, y se aprovecha para compartir algunas bebidas o comidas, especialmente dulces. 

Por otro lado, la costumbre de visitar los cementerios para llevar flores y rezar se extendieron en estas regiones. Algunas personas asisten de manera regular. Una vez al mes o en fechas especiales como: Día de la Madre o del Padre, cumpleaños, aniversario de la muerte o en el Día de los Difuntos. 

Entre los rezos más populares está el Santo Rosario, en el que se pide la intercesión de la Virgen María para liberar a las almas del Infierno, sus pecados sean perdonados y así puedan llegar al Cielo. Desde la Iglesia Católica recomiendan una serie de oraciones para hacer en la casa del difunto y en el cementerio, otorgando importancia a los ritos desde la acción colectiva de rezar. 

Photo by Cristian Newman on Unsplash

Visitando a los difuntos

El Día de los Fieles Difuntos, como se le llama en Cuba, es la ocasión de un nuevo velatorio. Es una ceremonia nocturna que consiste en visitar los cementerios, donde se encienden velas alrededor de las tumbas y, por supuesto, se esparcen ramos de flores para honrar a los muertos propios y a los desconocidos.

El camposanto adquiere una atmósfera de absoluta solemnidad y poco a poco se va haciendo más cercana. Las familias se reúnen para honrar la memoria y hablar de asuntos cotidianos. Es una tradición que sigue replicándose, sobre todo en los pueblos, pero no ha logrado cautivar del todo a los más jóvenes. 

Los practicantes de la religión católica asisten a misa el 1 de noviembre y al día siguiente se dedican a la velada, compartiendo no solo los recuerdos, sino propiciando el encuentro con los vivos. Durante la jornada los cementerios se contagian de la algarabía. 

Diversidad de manifestaciones

Huesos de santo, buñuelos, rosquillas de anís, patatas asadas, castañas y boniatos forman parte de la variedad gastronómica en el Día de Muertos de España. Las especialidades cambian de acuerdo a las regiones. Por ejemplo, los huesos de santo son típicos de Castilla y León, mientras que en Cataluña las castañas asadas no pueden faltar, incluso, Castanyada es el nombre de esta fiesta para honrar a los muertos.

En Cataluña, igualmente, es bastante famoso comer los panellets, dulces típicos elaborados a base de almendras. En algunos casos suele añadirse chocolate, naranja o pistachos; y es una tradición compartida con la zona de Valencia y Baleares. En otras recetas incorporan coco, piñones o patatas. Cualquier variación es admitida, lo valioso es el compartir.

Por otro lado, en Galicia es habitual la fiesta del Samaín, la noche celta de los difuntos, una festividad pagana convertida al cristianismo y recuperada en años recientes en pueblos de esta región. Entre otras cosas, festeja el fin de la recolección de la cosecha y para los celtas era la noche en la que los muertos venían a reunirse con los vivos. Así que durante la cena no se recogía la mesa para invitarlos a comer y también se elaboraban calabazas con velas en el interior. En Cedeira es más usual la celebración y se sigue trabajando para rescatarla. 

¡A comer guaguas en Los Andes!

En Ecuador, Perú y Bolivia las guaguas y la colada morada son imprescindibles en la conmemoración de los difuntos. Las primeras, elaboradas con pan, son muñecos con formas de niños o bebés. Las familias se reúnen para prepararlas y compartirlas. Estos dulces, a veces, son decorados con las caras de los fallecidos. 

El acompañante ideal para las guaguas es la colada morada, cuyo ingrediente principal es el maíz negro, junto a moras y mortiños, y de acuerdo a la tradición, representa la sangre de los muertos, creencia proveniente de la cultura Inca, previa a la colonización española. ¡En las mesas de lo páramos andinos ninguna de estas puede faltar!

Y así, las trascendencia del ser humano supera solo el plano de los recuerdos, sino que aún después de fallecer, es incluido dentro de diversos modos de celebración, no de la muerte, claro, sino de la vida. Quizás enumerarlos resulte una tarea difícil, pero honrarlos, a quienes todavía quedamos en este transitar, es prácticamente un deber. 

Cabría aquí un fragmento de una columna de la escritora Rosa Montero, en El País: “Tantas vidas insignificantes y pequeñas, acumuladas a nuestras espaldas como granos de polvo, y sin embargo para cada una de esas personas su existencia fue enorme, fue un tesoro. Y en verdad lo es. Hermosa y breve vida”.