literatura obscena

La literatura también es obscena. Obscena, repulsiva, detestable. Con esos adjetivos podrían calificarse, en un contexto legal, aquellas palabras, imágenes o acciones que «ofendan la moral sexual prevalente». Imaginemos que transcurre el año 1959; época en la que se ratifica la Ley sobre Publicaciones Obscenas, en Gran Bretaña. En su primer capítulo, Test of obscenity, define como obsceno aquel artículo que, entre sus efectos, tienda a depravar y corromper a las personas que lean, vean o escuchen el contenido que en él se representa. .

«Artículo» hace referencia también a los sonidos o imágenes que deriven de los textos y, por supuesto, penaliza su distribución, venta, alquiler. En 1960, la editorial británica Penguin Books optó por publicar, sin censura, El amante de lady Chatterley, de D.H. Lawrence, novela que estuvo prohibida durante más de treinta años. En seguida, la reacción de la Corona consistió en emprender acciones legales. 

No obstante, cuenta el escritor sudafricano J.M. Coetzee, en uno de los capítulos de Contra la censura: Ensayos sobre la pasión por silenciar, que la defensa presentó testigos eminentes que sostuvieran con sus intervenciones «el mérito literario» del libro. Fue así como pasaron por el estrado voces expertas en literatura, periodismo, y hasta religión que abogaron por la importancia de la obra, por resultar beneficiosa para el público. De manera que la acusación no tuvo nada más que hacer. La edición de 200 mil ejemplares se agotó en apenas un día, hasta convertirse en todo un clásico universal del erotismo

Con respecto a este suceso, más allá de lo anecdótico, vale la pena detenerse en dos aspectos clave, considerando su repercusión hasta nuestros días. Primero, cómo se ha transformado la idea de la obscenidad en la literatura; y, segundo, analizar en qué consiste realmente defender el valor de una obra. Una reflexión propicia en un escenario en el que imperan opiniones en medios de comunicación o redes sociales vinculadas con la libertad de creación; y la discusión de si el arte tiene, o no, el derecho a mostrar «el mal», sin que eso signifique hacer una apología a prácticas que involucran la arremetida contra la moral. 

¿Qué es «lo obsceno»?

«La ley es algo sombrío y sus juicios no tienen nada que ver con la vida. Lo mismo ocurre con la palabra “obsceno”: nadie sabe qué significa», escribió D.H. Lawrence en el ensayo Pornografía y obscenidad, publicado en 1929. Parecen estas palabras una premonición de lo que ocurriría con la reedición de su novela por parte de Penguin Books; «quebrantando» una legislación que data del siglo XIX. Si bien ha sufrido modificaciones puntuales del contenido, todavía está vigente y, además, puede preciarse de sobrevivir a una infructífera campaña que pretendía reformarla. 

En 1976, el actor David Webb creó la NCROPA (National Campaign for the Reform of the Obscene Publications Acts), organización activa hasta finales de los noventa, que cesó tras la muerte de su fundador en 2012. En el documento expedido por el comité, aparecen expuestas las razones por las que, según sus integrantes, la mencionada ley debía someterse a una enmienda. 

Entre ellas destaca What is obscenity? partiendo de la definición de la palabra según el Oxford English Dictionary. Desde su acepción más arcaica (ofensivo para los sentidos o para el gusto o el refinamiento; asqueroso, repulsivo, sucio, abominable, repugnante) hasta la más utilizada por la sociedad contemporánea (ofensivo para la modestia o la decencia; expresión o sugestión de ideas impropias o agresivas; impuro, indecente, lascivo). 

Más adelante critican la falta de claridad con la que se formula «el delito» de la obscenidad; la ausencia de criterios para medir y comprobar si, en efecto, una publicación tiende a depravar y corromper. Añaden que es delgada la línea que separa lo que se considera obsceno o no, y aunque normalmente está ligado a la sexualidad, la guerra también podría considerarse como tal (y nadie deja de nombrarla). 

«La ley solo trata con hechos y no con caprichos o fantasías», afirman con el objetivo de que esta palabra «indefinible», excepto en términos altamente subjetivos, sea excluida de los estatutos legales. Al igual que otras como indecencia, depravación o lujuria, que responden a interpretaciones y percepciones diferentes.

© Conger Design. Pixabay.

Un concepto mutable en la literatura

A pesar de que este intento de «cruzada» logró poca repercusión, propicia la discusión en torno a su legitimidad en el arte y, particularmente, en las letras. De acuerdo al escritor venezolano Alexis Márquez Rodríguez, las nociones de «obsceno», «grosero», «vulgar» e «insolente» son convencionales y muy subjetivos: «dependen más del criterio y la conciencia de las personas, que del lenguaje mismo». 

Por su parte, la narradora ecuatoriana Mónica Ojeda defiende la premisa de que en la literatura se llamen las cosas por su nombre. La belleza radica en la turbación de la carne, en la capacidad de estremecer y seducir al mismo tiempo. Señala que «lo que para nosotros hoy es erótico en algún momento fue pornográfico. Por lo tanto son categorías morales; más que conceptos inamovibles sobre algo, lo que va siendo obsceno para una sociedad se va transformando en pornográfico y lo que deja de ser obsceno es erotismo». 

El hecho de que las 200 mil copias de El amante de lady Chatterley se agotaran en Londres en un abrir y cerrar de ojos, es un indicativo de que, desde su publicación original, en 1928, hasta aquella osada reimpresión después de tres décadas, los conceptos de abyecto, despreciable, indecente, mutaron en el imaginario de la sociedad

«La calle había normalizado hacía tiempo esta historia de adulterio en la que una mujer, Lady Chatterley, engaña a su rancio y aristocrático marido paralítico e impotente para vivir libremente su sexualidad junto a un rudo obrero», dice Gonzalo Núñez en este artículo

Defensa por el mérito de la obra

¿Cómo se justifica que un libro, una canción o una pintura, ocasione el «bien» para el público o que derive en interés para la ciencia, la literatura, el arte o el aprendizaje? Esa es la consideración que se declara en la cuarta sección de la Ley sobre Publicaciones Obscenas titulada Defense of public good, como si el acercamiento a una obra sostuviera la responsabilidad tácita de la virtud. ¿Leemos para hacernos mejores personas? ¿Quién tiene la capacidad de juzgar y decidir el daño que origina una creación artística?

Como «una afrenta repugnante e indecente a las convenciones sociales» fue calificada El amante de lady Chatterley en el juicio de Regina versus Penguin Books. Ante ese alegato, personalidades religiosas que formaban parte de los testigos de la defensa sugirieron que en la novela la relación sexual se describe como «algo sagrado» y que ayudaría a la juventud a hacerse madura y responsable. 

Por otro lado, figuras del mundo de la literatura fueron llamadas a testificar. El fin era que ofrecieran su opinión experta con respecto al mérito de la obra. Graham Greene catalogó de «absurdo» que la novela se clasificara como obscena. «Diría que la intención de Lawrence era tratar el aspecto sexual de una historia de amor de una forma adulta», puntualizó. 

Sin embargo, Evelyn Waugh respondió que no había vuelto a leerla desde la primera vez, ocasión en la que le pareció «aburrida, absurda en momentos y pretenciosa». Añadió: «Estoy seguro de que algunos de sus lectores se sentirán atraídos por su erotismo. Sobre si puede “corromper”, no lo sé, pero su publicación no será atendida por el público privado. Lawrence tiene dotes literarias muy escasas».

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El valor de la literatura

¿En dónde radica, pues, el valor de la novela de D.H. Lawrence? Él mismo, en el prefacio, manifiesta que la «verdadera» significación de su libro está en que los hombres y las mujeres puedan «pensar» las cosas sexuales de manera plena, completa, honesta y propia. Pero, ¿acaso despojarse de la intención perturbadora en aras del prestigio no es ceder a las presiones de los jueces morales? 

Es decir, desmentir esa obscenidad sería restarle la capacidad de quebrantar la convencionalidad y, de paso, otorgarle una condición aleccionadora a la literatura. Al respecto, dice J.M. Coetzee: «Henry Miller no tenía ninguna duda de que, al negar el carácter transgresor de El amante de lady Chatterley y reivindicar un propósito de mejora moral, Lawrence traicionó los verdaderos mysteria del libro». 

De todos modos, D.H. Lawrence asegura en el mismo texto que nunca coartaría la libertad de las palabras, en apariencia, obscenas. Porque esos términos, de manera natural, forman parte de la conciencia del alma sobre el cuerpo. «La obscenidad surge cuando el espíritu teme y desprecia al cuerpo». 

Hoy, este libro es considerado una obra maestra del erotismo de la Edad Moderna. Forma parte de la lista de clásicos de lectura «obligatoria», cabría preguntarse qué despierta realmente su interés. La constante censura, autocensura y reescritura a la que fue sometido es un factor apetecible; pero la opinión de la crítica en torno su desarrollo llama igualmente la atención. 

Por ejemplo, Xavier Beltrán, administrador del blog Tras la lluvia literaria, señala el «ritmo inestable de la acción y el perfil apenas soportable de los personajes principales»; junto a la decisión del autor de incorporar disertaciones sobre la ciencia y la vida que terminan siendo elementos de adorno que poco encajan. Mientras que la periodista Raquel Rico, en la web Librópatas, esboza las razones para descubrirla que van desde la polémica desatada hasta el reflejo de las grandes tensiones de la época, incluyendo los cambios que experimentaron las mujeres y los choques entre estructuras de clases. En todo caso, ¿por qué no leerla?

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No más prohibiciones

«Así que a nosotros —y a nuestras esposas y sirvientes también— se nos permitirá leer El Amante de Lady Chatterley». Con esta frase empezaba el escritor y dramaturgo británico Michael Frayn una columna que apareció en The Guardian el 5 de noviembre de 1960. La editorial Penguin Books había resultado ganadora del juicio y se dictaminó que la venta de la novela no estaría prohibida. Más allá de las valoraciones, sea o no a la obra más destacada de David Herbert Lawrence, la auténtica victoria reside en que todavía puede leerse.  

Un tono irónico impregnaron estas líneas, haciendo una predicción mordaz: el nuevo tema tabú será algo análogo a las relaciones sexuales. «¿Qué tal el automovilismo, por ejemplo?». Pronosticaba el momento en que solo se podría abrir el capó de un automóvil en la privacidad del garaje; y que el hombre, para no ser arrestado por indecencia pública, restringiría su conducción a la oscuridad de la noche. 

Por suerte, este vaticinio, que raya en la exageración, no se ha cumplido. Incluso, recientemente celebramos que la Biblioteca Británica sacó a la luz más 2.500 libros que estuvieron prohibidos por ser «demasiado obscenos». Pero, cuidado, la literatura —y el arte en general— sigue custodiada por censores morales. Si bien no fijan sus ojos en temas que escandalizaban en el siglo pasado, atienden muy bien a los textos que pueden generar incomodidad; y no necesariamente por su contenido sexual. No está lejos el día cuando fue noticia en España «el secuestro» del ensayo periodístico Fariña —y su posterior revocamiento—; así como la retirada de Caperucita Roja en una escuela pública.