malos hábitos alimenticios

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«¡Ay, qué sabroso es comer!», se escapa después de devorar ese plato que tanto te gusta. En especial si viene con el añadido de experimentar, luego del último bocado, la sensación latente del placer culposo. Un salto inofensivo de la dieta; un capricho que a nadie se le niega; el antojo de probar esas pizzas que se cruzan en tu camino; o la incapacidad de «parar el pico» si te invitan a una celebración y la mesa está desbordada de un montón de alternativas. Llámese queso, jamón o patatas fritas, no puedes parar de picar.    

«¡Ay, qué sabroso es comer!», se repite, una y otra vez, en voz alta o en tus pensamientos. A pesar de que, tras determinados excesos, sientas la barriga a punto de estallar, consolándote con la idea de que, si mañana llegase el fin del mundo, al menos nunca te privaste de ningún gusto. «La gula es mi mayor pecado», confiesas, más no te arrepientes. 

En todo caso, a nadie le haces daño, más que a tu cuerpo. Aunque no es tu intención hacer una apología a perjudicar la salud a costa de empachar el estómago, proclamas estos cinco malos hábitos alimenticios que te hacen realmente feliz. ¿O, acaso tiene sentido fingirte un ser políticamente correcto cuando te proclamas amante de la comida «basura»

Las chuches y su nulo valor nutritivo

Cualquier pretexto es aceptable para zamparte el arsenal de chucherías guardado en los estantes. Sí, ese que permanece «escondido» detrás de la puerta prohibida, la misma que se supone no puedes —o debes— abrir. En la parte de arriba está a simple vista lo que «sí» te permites comer: frutos secos, semillas, chips naturales o galletas integrales; mientras que el compartimento inferior almacena productos que, «juraste», solo voltearías a mirar los fines de semana o bajo la excusa de algún esporádico ataque de ansiedad. 

Patatas fritas, nachos picantes, palitos de maíz, y aquello que tenga forma de bolitas o triangulitos, son snacks perfectos para toda ocasión. Cobran mayor atractivo durante esos domingos de series o películas y sofá; con las piernas bien estiradas, mientras tus ojos se quedan fijos en la pantalla y las manos hurgan en la bolsa, sin parar, hasta acabar con la última brosa. A veces, una no es suficiente, y te levantas en busca de más. ¿Será el exceso de sal, el crunch crunch del aceite o su escaso aporte de fibra lo que acrecienta la adicción?

¿Y qué hablar de las golosinas? Cuando la boca necesita calmar la sensación de picor después de tantos aditivos y colorantes, la mejor opción es el festival de golosinas, dulces o ácidas, siempre desbordadas de azúcar. Un mal hábito que arrastras desde la infancia, época en la que corrías con entusiasmo hacia el comercio de la esquina, y te entretenías eligiendo las mejores figuritas: dedos de colores, fresas y moras, ositos gelatinosos, gusanitos, piruletas, huevos y dientes… 

Esa variedad de gominolas, de guarrería, forma parte de tu tesoro. Rico en edulcorante, causante de obesidad y caries, y totalmente nulo en valor nutritivo para tu cuerpo. Además, con una elaboración bastante polémica para la defensa de los animales; pues las que no son de origen vegetal, se fabrican con gelatina que provienen de pieles y cartílagos

© David D. Pixabay.

Comer justo antes de dormir —o en la cama—

Estás hasta el hartazgo de escuchar que después de cenar es importante esperar unas dos o tres horas para irte a dormir. Sin embargo, esta advertencia pasa algunos detalles por alto. Por ejemplo, el haber cenado temprano, quedarte hasta la madrugada chateando en el móvil o terminando asuntos en el ordenador, y luego volver a sentir hambre. Para menguarla, un bocado es necesario.

También la situación más habitual: llegar tarde a casa del trabajo, pillar lo primero que se te atraviesa y querer morir en la cama de tanto cansancio. En esos casos, ni siquiera la amenaza más extendida de «si te acuestas después de comer vas a engordar» o «los ácidos, los reflujos y las pesadillas no te dejarán conciliar el sueño», resulta efectiva. Sientes hambre, comes; quieres dormir, duermes. Eso te hace feliz.

Por otro lado, conoces a muchas personas para las que comer es un ritual sagrado. Preparan la mesa, ordenan los platos y cubiertos, controlan que no falte nada antes de sentarse, evitando así la interrupción de levantarse a buscarlo. Pero, llevarse los alimentos a la cama, es sencillamente la gloria. Es un lugar repleto de comodidad, para tumbarse entre las almohadas, aunque afirmen que es es perjudicial para la salud.

Tampoco es que te vas a llevar un plato de paella o un chuletón con pimientos. El café y los dulces del desayuno, alguna tostada con mermelada; o un bowl de cereales y leche para no sentirte tan culpable al comienzo del día, son ideales para esas mañanas de remoloneo. 

Helados, aunque sea invierno

¿Quién dijo que los helados solo se disfrutan en verano? Hace tiempo que te encargaste de desmontar ese mito. Sobre todo cuando te mudaste de casa por primera vez y, en el refrigerador, dejaste uno de los cajones apartados y exclusivos para llenarlos de la diversidad que encuentras en los supermercados o, si de imprevisto se acaban, salir corriendo a la tienda para suplirlos. No es posible dilatar la felicidad que produce tomarlos, aunque digan que te vas a resfriar…

Cierto es que no escondes tus preferencias sobre cada uno de acuerdo a la época del año. Los más cremosos, sean de chocolate, vainilla, caramelo o fresa, son la mejor opción para el otoño y el invierno, porque lo que buscas es disfrutar de su sabor, no necesitas nada fresco. Luego de cenar, haciendo zapping entre el telediario y películas antiguas, te dispones a lamer y relamer esas paletas o conos ricas en nata y grasa. Los científicos no se equivocan cuando dicen que estos son los más placenteros.

Al llegar el tiempo de sol y calor, los polos son tus favoritos. Limón y naranja, los que te ayudan a engañar las altas temperaturas a la hora de salir a pasear. Por ahí has leído que hasta aumentan la energía, así que en lugar de llevar contigo una botella de agua, que es lo suficientemente insípida, te dedicas a sorber hasta la última gota y experimentas lo que reveló un estudio en Londres: el helado es tan delicioso como escuchar tu música favorita.

© Mona El Falaky. Pixabay.

El crujir de las frituras

El pollo a la plancha no, frito sí. Las patatas cocidas no, fritas sí. Los calabacines y las berenjenas salteados o al vapor no, fritos y empanados sí. Estas frases son tu mantra y no te avergüenza decirlo. Preparar los alimentos de este modo simplifica la vida, y una existencia sencilla, sin complicaciones, es garantía de ser feliz. A pesar de que la gente te asegure, reiteradamente, que las frituras afectan la salud. Porque son vehículo de grasas y calorías, contribuyen en el aumento del colesterol, triglicéridos y grasa corporal

¿Y qué? Jamás se te ha pasado por la cabeza prescindir de las croquetas, de los calamares y los rejos rebozados; y si se empeñan en que comas verduras, esta es la única forma de que las toleres, bien enchumbadas de aceite. ¿Y cómo dejar de comer los huevos rotos? Esos que una o dos veces por semana te mandas en el bar de toda la vida. El crujir de tus dientes mordiendo un rollito de primavera crocante es música para tus oídos. 

Además, si de reivindicar tus derechos a comer frituras se trata, en tu casa se comen desde que tienes memoria, y nunca  nadie se ha quejado de dolencias, no deben ser tan malas como las pintan. De todos modos, reconoces que las servilletas son tus grandes aliadas para absorber el aceite; siempre compras el envase con la etiqueta de mejor calidad y te cuidas de no utilizarlo más de dos veces. Que no digan que todo son malos hábitos… 

© Steve Buissinne. Pixabay.

No comer, sí picar y beber 

Ahora, si la profundidad del problema está en lo que te llevas a la boca, y no en lo que dejas de comer, pues ahí tú llevas la delantera. Eso de preparar un menú semanal, en el que se incluyan, sin falta, las cinco comidas del día, no va contigo. El «a ver qué hay» o «a ver qué pido» es básico en tu rutina alimentaria. Igualmente, si te saltas el almuerzo o la merienda, vas picando algún trozo de queso o chocolate y así dejar hueco para la cena: ¡qué importante es compensar lo que antes no pudiste ingerir! Un clásico. 

Cuando es tiempo de salir de fiesta, no estás dándole vueltas a la cabeza en si tienes hambre, pues desarrollas una gran capacidad para ignorar los estragos en tu estómago. Bebes y bebes alcohol sin temor a que se intensifiquen las posibilidades de emborracharte. Recomiendan ciertos alimentos, como yogurt, hummus o salmón, para que evitar la ebriedad, pero precisamente la felicidad de tomarse unos tragos está en perder, por un momento, la razón. Claro, no dirás que no si en la mesa dejan algo, unas aceitunas o unos frutos secos para picar, la marcha no se detendrá para alimentarte. Aunque en la madrugada, una hamburguesa o un kebab para amortiguar, nunca vienen mal.      

«No es cuestión de comer bien sino dejar de comer mal», leíste hace días en esta entrevista. Ni siquiera te lo planteas. A ti nadie te convencerá de que abandones esos «malos hábitos», porque al final se trata de «querer hacerlo». Además, habitar en este mundo acarrea grandes riesgos. «Si me toca morir mañana, que muera feliz», piensas mientras el burbujear de la gaseosa que acabas de servir en un vaso full de hielo, te hace agua la boca.