Foto: @thekondesaint | Transeúnte


¿Dime muerte, muertecita mía,

dime dónde vas a arder?

La dama responde:

vendré al amanecer

vendré al anochecer

vendré donde tú estés

Mi tiempo no es tu tiempo,

-ella quiso esclarecer-

que yo vivo en las piedras

las de hoy y las de ayer

Yo soy el rumbo del mundo

Yo sólo soy un segundo

después no hay más después.

Estas estrofas de la canción 45 cerebros y un corazón, uno de los sencillos del álbum homónimo de María Arnal i Marcel Bagés, resumen una declaración identitaria de la muerte. Cobra voz para manifestar su carácter ineludible, así como la condición de finitud del ser humano: después de morir todo acaba. Sin embargo, la posibilidad de una vida posterior es una de las creencias más arraigadas entre las religiones más influyentes del mundo. 

A pesar de las diferencias entre sus postulados, el miedo a no salvarse por haber actuado de forma agraviante a ese ser superior vigilante, es un factor en común. El pensamiento científico dictamina el más allá como una falacia, pero los creyentes se aferran a las respuestas ofrecidas por la fe profesada ante las cuestiones fundamentales. ¿Quién quiere arriesgarse a pasar la eternidad entre llamas, castigos y terribles sufrimientos? 

Esa dimensión desconocida define y condiciona, por supuesto, los comportamientos terrenales. La psicóloga María Cristina Moritz sostiene: «La religión produce sentidos para la vida y para la muerte, orientando elecciones en el nivel moral. Los mitos fundamentan las interdicciones necesarias al mantenimiento de los lazos». 

A su juicio la renuncia pulsional y la ética forman parte del contenido religioso. No solo importa regirse por ciertos dictámenes de conveniencia social para procurar la sana relación entre las personas, hay quienes actúan en conformidad a las leyes divinas para llegar a «un lugar mejor». 

Es el premio ideal para los fieles y obedientes, después de haber atravesado por las vicisitudes de este mundo. Igualmente, responde al deseo de brindar luz a los misterios de la dualidad entre alma y cuerpo, la posibilidad de prolongación del espíritu.

La gran promesa: el Cielo

A ojos del cristianismo, después de soportar este valle de lágrimas —tal como reza la Salve— late la esperanza de una existencia sin sufrimientos en el Paraíso. Es la promesa a la que responden los actos de hombres y mujeres movidos por la fe en la Vida Eterna, contemplada en tres espacios —o estados posibles—: Cielo, Infierno o Purgatorio. 

«Es el fin de la peregrinación del hombre en la tierra», explica el sacerdote católico José Ricardo Vivas, licenciado en Derecho Canónico por la Universidad de Navarra. «Aquí Dios nos da la oportunidad de experimentar su misericordia, su justicia, su amor, y de ser caritativo con los demás. Es el signo definitivo de optar por él». 

La muerte como representación del salario del pecado, es otra de las premisas del cristianismo. Es la consecuencia directa sobre los seres humanos, sobre los hijos de Dios. Sin embargo, la fe enseña que morir es participar en la resurrección de Cristo. 

En pocas palabras, significa la redención, el encuentro con el Señor que ha vencido las tinieblas. Ciertamente es una situación de ruptura y separación entre el alma y el cuerpo, pero «morir es una victoria, una ganancia. Es un paso». 

Hay manifestaciones religiosas como los Testigos de Jehová que afirman ser los únicos elegidos para salvarse. La Iglesia Católica, en cambio, predica la promesa del Cielo para quienes, con libertad, labren su propia salvación. De lo contrario, dice Vivas, serán merecedores de la condenación eterna. En el fuego de Satán. 

Hacer el bien para no sufrir

«Si hemos hecho algo malo, tenemos que pagar. Si hemos hecho el bien, tenemos que experimentar felicidad», afirma el Lama Thubten Wangchen. Esta es una creencia fundamental de los budistas, quienes admiten la reencarnación como certeza. 

«Moriremos pero el espíritu —o la conciencia sutil— se separa del cuerpo que tenemos ahora para seguir más allá. Cogerá otra forma, otro cuerpo, de acuerdo a su karma y a sus acciones», expresa. Una idea no solo inherente a los seres humanos, sino a los animales, pues un perro o un toro también pueden regresar. 

Reencarnar no depende de Dios, Alá o Buda. Es la consecuencia de las decisiones, palabras, pensamientos y acciones, las cuales determinan si volverá a nacer como humano, dios, semidiós, o si tendrá que sufrir durante años en el infierno hasta pagar su karma. 

Una postura menos «amenazante» es la del filósofo budista Daisaku Ikeda: compara los ciclos de vida y muerte con los períodos alternos de sueño y vigilia. Es posible concebirla como «una fase de descanso y recuperación» previas una experiencia nueva, tal como dormir es la preparación física para las actividades diarias. 

¡Cuánto karma por pagar! 

La creencia en la reencarnación es propia del hinduismo —y como vimos también del budismo—, extendida hacia otras prácticas orientales. A diferencia de la resurrección, que significa el regreso a los mismos cuerpos habitados antes de morir, el alma encarna continuamente en otros de acuerdo a la ley de acción y reacción karma. 

«Al igual que un niño cambia a adolescente y de adolescente a adulto y luego envejece siendo la misma persona en diferentes etapas, igualmente el alma va cambiando de cuerpo». El sacerdote hindú Juan Carlos Ramchandani explica que transmigra cuando ese nuevo objeto habitado se vuelve inservible. 

El alma, por consiguiente, es eterna y vive junto a Dios. Cuando decide experimentar la alegría, el sufrimiento, el placer, viaja a lo largo de miles de millones de especies, desde el ser más microscópico hasta habitar «el ser más evolucionado», el humano. 

En ese sentido, es fundamental preguntarse qué hacemos en este mundo material. Asegura: reencarnaremos. Una afirmación que alcanza a todas las personas, incluso las ateas, pues se supone, a diferencia de los animales, estas tienen conciencia y saben diferenciar entre el bien y el mal, por tanto, son las únicas que «pagan karma». 

«Si llevamos una vida pecaminosa, no acorde a los principios morales, en nuestro siguiente cuerpo veremos esos efectos negativos. Pero si fuimos piadosos, espirituales, fraternos, obtendremos un cuerpo de acuerdo a esas actividades», advierte Ramchandani. Si nos portamos bien, nuestra alma alcanzará la perfección. 

Purificarse para volver con el Creador

La perspectiva judía, otra de las religiones más influyentes, es un tanto aséptica, pero reconoce que ser conscientes de esta realidad, inspirará a mejorar los actos. Este mundo es una antecámara del mundo por venir, y para el que debemos prepararnos cumpliendo buenos preceptos. 

La profesora del Centro de Estudios Judaicos de la Universidad de Chile, Ana María Tapia-Adler, señala que el término de nuestro paso por la tierra causa una serie de interrogantes, pero el judaísmo no proporciona respuestas en relación con la muerte porque sus enseñanzas, concentradas en la Torá, son una guía para la vida. 

Al final, es la persona quien elige si vivirá acorde —o no— a la revelación divina. Cuando partimos, el alma regresa con su Creador y el cuerpo permanece en la tierra de la que fue formado. Claro, sostienen, el designio original no era que hombre o la mujer muriesen, sino que fuesen inmortales, un plan truncado a raíz del pecado de Adán y Eva. 

Entonces, pasamos por un espacio de purificación para lograr la perfección con la que fuimos creados en el principio. Al morir, el alma retorna a Dios. 

El Paraíso para quien actúe «bien»

¿Nuestras acciones determinan la existencia después de la muerte? Sheij Abdul Karim Paz, experto en asuntos religiosos, señala que Dios ha demostrado «a algunas personas» que vamos a resucitar y volver a vivir. Es un principio fundamental en el Islam: nos encontraremos con Dios, rendiremos cuentas de cómo hemos vivido, dónde conseguimos nuestros bienes, en quién creímos, a quién apoyamos.

Una de las enseñanzas fundamentales del islamismo es creer en el Día del Juicio Final. Por ello, las personas deben ser conscientes de las consecuencias de sus actos, a veces imposibles de reparar. Es importante adoptar conductas según los preceptos de la religión, con conocimiento profundo, información y responsabilidad sobre el futuro. «Las buenas acciones procuran felicidad, estabilidad y sosiego en este mundo y una bendición eterna».

A juicio de Karim Paza, la reflexión sobre estos asuntos tiene menos incidencia en Occidente. Es innegable que todos vamos a morir, pero quién se pregunta realmente por ello. Exhorta: como no sabemos exactamente cuándo es el día que dejaremos este mundo, los profetas enseñan la importancia de estar preparados. 

«Cuando muere alguien cercano es un mensaje para los vivos que lo rodean, y un llamado de atención. La gente más espiritualmente desarrollada piensa constantemente en ello y tiene más información (…) Es un traspaso, un traslado a otro modo de vida». 

El Corán, en cuanto a la certeza de la Resurrección es bastante directo. Solo quienes vivieron y actuaron «bien» serán recompensados en el Paraíso. «El que se niegue a creer y muera siendo incrédulo no se le aceptará ningún rescate; aunque diera todo el oro que cabe en la tierra. Esos tendrán un castigo doloroso y no habrá quien les auxilie».

¿La versión más creíble de la muerte?

La fuente de conocimiento de estas religiones se sustenta puramente en la tradición oral y escrita, transmitida a lo largo de miles de años. La concepción de vivir y morir está basada en la recompensa de un espacio sin mancha, sin agonía, o una existencia exenta de complicaciones, luego de haber superado numerosas pruebas. 

Uno de sus puntos de coincidencia es concebir el sufrimiento como una vía de expiación y purificación. Es irónico —no menos inquietante— que la promesa de habitar un lugar donde no existe el mal, donde se restaurará el plan original: ser felices, resulte el más grande aliciente para que una gran parte de los seres humanos evite hacer dañar a otros. 

Yo sólo soy un segundo, después no hay más después. Solo lo sabremos —o no—después de fallecer. Si hacemos caso a estas palabras, despojadas de connotaciones apocalípticas y pretensiones aleccionadoras, el miedo real sería permear, mientras vivimos, la propia libertad. La convicción de esta naturaleza efímera, y no el temor a una eternidad inquisitorial, nos mueva. Hasta que alguien regrese del más allá para contar lo contrario.