Arte: @thekondesaint | Transeúnte.


«Yo nunca he sido capaz de averiguar lo que el feminismo es: yo solo sé que la gente me llama feminista cuando expreso sentimientos que me diferencian de un felpudo».

Son palabras de Rebecca West, nombre de la rebelde heroína de la obra de Ibsen Rosmersholm, y a su vez pseudónimo con el que se dio a conocer la autora de esta frase, la periodista y crítica Cecily Isabel Fairfield y a quien suscribo totalmente. 

Las mujeres que se han expresado existen desde hace muchos siglos antes de que se acuñara el término tan de moda. No obstante, muchas pensamos lo mismo: el patriarcado está más vivo que nunca. 

Con permiso de los lectores, me voy a centrar en ese mundo llamado occidental, para no mezclar ni ideas religiosas ni distintas evoluciones. Desde que Eva mordió la manzana, la culpabilidad del mundo cayó sobre nosotras.

Hace poco más de un siglo salíamos a las calles reclamando el derecho a voto y otros derechos que los hombres tenían. Hoy salimos para reclamar nuestro derecho a la vida. Día a día, bajo el amparo de gobiernos conservadores bajo leyes aplicadas por jueces de la misma calaña, nadie nos protege. 

El patriarcado no ha muerto 

La resurrección de la derecha más reaccionaria, es un ejemplo. Desde Estados Unidos a cualquier país europeo, excepto Portugal, el patriarcado no ha ha muerto. Lo demuestran las leyes que no se aprueban, las sentencias judiciales, y sobre todo el miedo en las calles. 

No hay que olvidar que se trata de un pensamiento completamente enraizado que siempre ha considerado a la mujer un ser inferior al hombre. Según, no debe salir de la casa porque debe cuidar de sus hijos.

A lo largo de la historia podemos encontrar múltiples ejemplos, desde la Inglaterra Victoriana a la dictadura de Franco en España, donde no se podía tener nada propio como una cuenta bancaria por ejemplo, y pasaba de casa de los padres a casa del marido.

Ese tipo de pensamiento está en claro avance tanto en la vieja Europa, el Frente Nacional en Francia, el Partido Popular, Ciudadanos y Vox en España, en Austria, Italia, Polonia, si analizamos uno a uno los países europeos, son muchos los afectados por este resurgimiento.

Diría que donde es más peligroso es en España, con una democracia que ha heredado instituciones disfrazadas del franquismo. Un ejemplo el Tribunal de Orden Público franquista, se disolvió en 1977, al día siguiente mujeres de sus 16 componentes diez pasaron a la Audiencia Nacional y 10 al Tribunal Supremo. 

Si nos dedicamos a indagar en el árbol genealógico de la cúpula del estamento judicial en España, no solo jueces, sino fiscales y abogados del Estado, muchas sentencias de carácter machista, están ligadas a integrantes de ese supuesto «objetivo» poder con una ideología reaccionaria.

Inseguridad

Cada vez estamos más inseguras, porque el poder, los gobiernos, han empoderado a ese sector de hombres que los asesinatos y violaciones múltiples les parecen sentencias irrisorias. 

Hace unos cuatro años, y pongo el ejemplo para demostrar lo que en poco tiempo, una joven venezolana preciosa, recién estrenada la veintena, me decía que en su país lo peligroso no era ir a por leche y que no hubiera, sino el camino de ida y vuelta. La libertad que sentía al salir en España, las mismas calles en las que yo nunca me sentí insegura, siente ese miedo a ir sola de noche. 

No, el patriarcado no está muerto, goza de muy buena salud, y no lo dice el feminismo más ortodoxo, lo evidencia la agresión que una parte de la prensa y la sociedad en general tratan como algo normal. 

Casos 

El poder vive anclado en los tres poderes que no dejan de alimentarlo. Hace poco el partido fascista de España, hizo una contra manifestación delante de la que se hacía por la última mujer muerta, y en ella había mujeres que decían no hablar de los hombres muertos. 

El único deseo que parece insaciable en algunos seres humanos es el deseo de dominar, el ansia de imponer sobre los demás su concepción de lo correcto, y lo logran amparados por otros partidos nacidos en democracia o hijos herederos de la dictadura.

Y que con su discurso vacío, calan sobretodo en los estratos sociales donde el nivel cultural es más bajo, unido a una crisis económica perenne y que nunca deberíamos olvidar, como seres humanos, encumbrando al fascismo en una democracia.

Photo by Marija Zaric on Unsplash

Esto también ha sucedido en otros países como Argentina, Chile o España sustentó a golpes de Estado llevados a cabo por militares para imponer su dictadura. No debemos olvidar: hay un grupo de seres humanos que encuentran en el control, sumisión y si es necesario aniquilación del resto, un placer muy ajeno a lo que debería ser un placer humano. 

No es feminismo ortodoxo 

Mientras tanto, niñas, adolescentes, jóvenes y adultas, tenemos miedo. En momentos así no hablamos de feminismo ortodoxo, hablamos de la necesidad urgente de que nuestras sociedades.

Se empieza desde la educación, básica para la evolución de las ideas, hasta la transformación de los poderes públicos. No se necesita de la ortodoxia de ninguna idea, sino en la normalidad, en la convivencia.

El patriarcado persistirá y gozará de buena salud, mientras los colegios y hogares sigan reproduciendo lo mismo no habrá cambio significativo. Porque de eso se trata, educación en igualdad y cultura, las dos armas màs potentes. 

Todas las asociaciones feministas del mundo pueden dejarse la piel manifestándose, pero sin esa reforma profunda de la sociedad, el feminismo, por más que grite, se quedará anclado en esa palabra que gusta tanto a los machistas, «feminazi».

Sin embargo, una educación en la igualdad de sexos, de orientaciones sexuales, que naciera en cada hogar, se ampliará para consolidarla con la ayuda de colegios e institutos.

Esto sería el arma de destrucción masiva de cualquier idea, que de la razón a Hobbes y su: «El hombre es un lobo para el hombre», debemos luchar para que nuestros hijos, nietos, sobrinos e hijos de conocidos, crezcan valorando esa igualdad, y la transmitan como un virus. Un cambio social en el origen de la sociedad, que es el núcleo familiar, tiene más poder, que todo el feminismo ortodoxo.

La educación es la clave de todo. Un proceso lento pero el único que asegura la muerte del patriarcado. Pues al final no afecta solo a mujeres sino a muchos conceptos más allá; para llegar a esa igualdad entre todos los seres humanos, sin tener en cuenta su sexo, clase, religión y todos esos trajes que la sociedad ha ido encorsetado al ser humano hasta la asfixia.