Ramon bueno tizon escritor peruano entrevista

Foto: María Fe Lama.


Lima, ciudad donde se perdona cualquier pecado, excepto el escándalo, reza un dicho popular. La capital peruana es el marco del universo ficcional del escritor Ramón Bueno Tizón. Por tanto, en él quiso ubicar los hechos de su primera novela Breviario de pequeñas traiciones (Candaya, 2019). Una de las situaciones que más critica en estas páginas es la medianía y el secreto a voces,  gestos típicos entre sus habitantes. 

Narra la historia de Valeria. Una maestra de educación inicial que, quizás por la precariedad laboral, las ganas de asomarse a otra vida, o la degeneración, pérdida y deshumanización del mundo, alterna su trabajo con el de prostituta de lujo, adquiriendo el nombre de Dafne. Es el empeño de lograr «ser» lo que su condición social de origen le impide, en un contexto de banalidad acentuada con fuerza. 

Para Ramón Bueno Tizón, esta circunstancia se debe a que, a pesar de los avances, Lima todavía es una sociedad hipócrita. Un lugar donde los prejuicios persisten. «Es común que si alguien quiere manifestar algún descontento, no lo haga directamente, sino «medio en serio, medio en broma», para dorar un poco la píldora, en lugar de soltarlo sin tapujos.

Así, no es casualidad que los clientes habituales de Dafne, ninfa enamorada de Apolo, sean hombres pertenecientes a la clase alta, a quienes no se les juzgan sus «malos hábitos» mientras éstos se mantengan ocultos —por eso refiere que la mayoría de los episodios transcurren de noche—.

El retrato de una doble moral

Ambientada a comienzos del milenio, es el retrato de una región «hipócrita, clasista, racista, en la que impera una doble moral». Esos mismos adjetivos se mantienen, son perfectamente aplicables, señala el autor.

«La buena noticia —añade con ironía— es que son actitudes catalogadas como políticamente incorrectas». Casi por obligación, empiezan los pasos hacia la inclusión, aunque es consciente de que resulta difícil transformar creencias profundamente incrustadas entre la gente. «Es una evolución que no se consigue de un día para otro».

Admite la paradoja de cómo ante hechos de interés público suelen hacerse la vista gorda, pero cuando viene el escándalo sí se rasgan las vestiduras.

«Pasó con el caso de corrupción de Odebrecht; lo sabíamos, pero hasta que no salió a la luz no hicimos nada. De todos modos, creo que un punto favorable es que como nación fuimos capaces de meter en prisión a los involucrados. Creamos un precedente para el futuro, sobre todo en una región como América Latina. Fue fundamental agarrar a toda nuestra clase política y ponerla tras las rejas o encauzarla desde un punto de vista judicial. Es algo que a mí me motiva mucho».

© Art Dino. Flickr.

Recuento de traiciones cotidianas

Para Ramón Bueno Tizón no son casualidad el impulso y la elección de reunir en una especie de compendio, resumen, recuento, esas vilezas pululantes del sitio que habita. «Breviario», al mismo tiempo, alude a la Liturgia de las Horas, utilizado por los fieles para rezar sus oraciones del día a día. Justamente plantea una serie de infidelidades domésticas y cotidianas de personajes que conviven en la sociedad limeña condenada por la hipocresía.

Reconoce que el hilo conductor no es un hecho monumental, sino la sucesión de traiciones con las que convivimos siempre. Su complejidad, aclara, radica en el lenguaje con el que decidió abordarlas, propiciando desconcierto inicial en la lectura. «Quise crear confusión usando una voz narradora que va cambiando en el uso de la primera y segunda persona de manera indiscriminada». 

Al igual que a veces se refiere a la protagonista utilizando un nombre y otro, introduciéndonos en un juego de duplicidad que se alterna página tras página. «Así no eras antes Valeria, así eres ahora Dafne», increpa, y deja frente a un aparente fenómeno de personalidad dual.

Es la evidencia de un juego que surge entre dos identidades habitando un mismo cuerpo. Una lucha entre dos mujeres que buscan imponerse sobre la otra, y a medida que avanza la historia no dejan de traicionarse. «Valeria, nombre de pila de la maestra de educación inicial, es la tapadera de Dafne, quien nace a partir de una noche, invocando a una deidad. Luego, está la relación de sexo, poder y dominación que se forja entre ella y los diferentes personajes: sus clientes». 

¿Acaso el sitio donde crecemos no es uno de los condicionantes fundamentales de nuestros actos? Esa necesidad «de pertenecer» a otro lugar nace de la diferencia social y económica entre las personas, por lo que cualquiera con «la clase media tatuada en la frente», usará todas las armas posibles hasta escalar a una mejor posición. 

En este contexto, cuenta, Valeria se deslumbra por la vida de una prima suya, Noemí, quien también transita una dualidad: en las noches es Jade. Pero no solo eso sino que se siente atraída por el dinero y el estatus de la gente con la que se relaciona. De manera inadvertida o intencional, se va cruzando con estas pequeñas formas de traicionarse a sí misma. 

«Nunca me planteé dibujarla como un ser maligno o una víctima. Sí como alguien arribista que se lleva el mundo por delante sin darse cuenta y luego va perdiendo la vergüenza».  

Fotografía de Ramón Bueno Tizón.
© María Fe Lama.

El sentido de la escritura de Ramón Bueno Tizón

El título es un guiño a Breviario de la podredumbre, de Emil Cioran, escritor esencial y fundamental entre las lecturas de Ramón Bueno Tizón. Destaca la figura de este pensador rumano pues decía que cada libro debía ser como un latigazo. «Espero que esa misma sea la sensación para quienes lean esta obra que presenta la búsqueda de la superficialidad por parte de personajes que se nos revelan como víctima de los tiempos».  

Precisamente una de sus intenciones fue desconcertar desde la primera página con el lenguaje. Para causar incomodidad, incluso a lo largo de toda la historia; para buscar la atención continua a la voz que hablaba en cada momento.

La razón: el sentido que le otorga a la escritura. Un proceso de aprendizaje continuo, de búsqueda de un camino propio, desmarcandose sin desdeñar de la tradición. También, que la literatura debe reinventarse —así como la pintura tuvo que hacerlo en el momento de enfrentarse a la fotografía—, ante la irrupción del audiovisual y de la imagen, de  series y películas por streaming, de lo fragmentario y de este mundo tan vertiginoso. 

«¿Quién tiene tiempo para sentarse a leer un gran libro?», se pregunta. «Yo creo que una de las armas más potentes y disruptivas es el lenguaje, y lo que intenté —no creo que lo haya logrado— es llevarlo a sus límites. Después, cada quien puede interpretarlo a su manera: sea que la voz interna del personaje se está cuestionando a sí mismo o un narrador omnisciente se está dirigiendo a un lector que acepta las reglas, el tono y el mensaje de la novela, para dejarse envolver por ella. Esa es mi apuesta».