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En toda sociedad prepondera una cultura encadenada a valores, creencias y dogmas preconizados por la institución, el poder y la autoridad. La discordancia surge como respuesta ante el orden, o mejor llamada contracultura.

El término se le atribuye al escritor estadounidense Theodore Roszak en su libro El nacimiento de una contracultura (1968). El investigador analiza el rechazo de la juventud a través del movimiento hippie, uno de los artífices de la era postmoderna, hacia las mieles del denominado sueño americano.

Es cierto que hubo manifestaciones similares pero con menor impacto. A mediados de los cincuenta, la llamada generación beatnik reprodujo un discurso disruptivo y violento para la sociedad conservadora estadounidense. Era un grupo de intelectuales que escribió novelas y poemas, odas a la rebeldía, droga y amor libre.

Incluso, si retrocedemos más años, se pueden hallar otros movimientos como el dadaísmo o romanticismo; aunque técnicamente en el siglo XIX y en comienzos del XX, no hubiese señal en cuanto a este término, el común denominador ha sido precisamente el de marcar la inconformidad.

El escritor Jesús Callejo, durante una entrevista, dijo que la contracultura es un «cortocircuito» que se origina para que la cultura posteriormente lo vuelva a «asumir en sus redes o en sus circuitos». La absorción, durante un tiempo determinado, significa el fin. 

Es decir, mientras se enarbole la bandera de lo correcto, habrá una contraparte que ni siquiera izará alguna: actuará como alternativa hasta que sea apropiada. Los catedráticos canadienses Joseph Heath y Andrew Potter, en su libro Rebelarse vende: el negocio de la contracultura (2004), indican que el mercado es el filtro por donde las ideas revolucionarias pasan desapercibidas o incluso su pragmatismo pierde importancia.

Sin embargo, no significa que la disidencia sea nula. Para explicar el porqué, compartimos las siguientes razones por las que toda sociedad necesita de la contracultura. Así como las causas:

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Evolución del pensamiento

A medida que una década transcurre, nuevos cambios y paradigmas se desarrollan a una velocidad según la dinámica del estado de las cosas. Así el pensamiento evoluciona. 

Las normas sociales y dogmáticas por naturaleza buscarán sobrevivir. La estrategia ha sido la de «abrazar» alternativas desde una óptica mercantilista y mediática. A pesar de que pueda parecer una derrota, no lo es del todo porque paulatinamente se evidencian cambios que en años anteriores no se percibían. 

El auge del progresismo en América y Europa, durante la última década, es un ejemplo. Han sido aprobados proyectos de leyes que años atrás parecían imposibles. Algunos casos son el de la legalización del matrimonio igualitario o el aborto, relacionados a la revolución sexual, una de las consignas durante los sesenta.

En este grado ya hablamos de corrección política. La contracultura no busca ascender al poder para actuar arbitrariamente pero es influyente porque es el resultado de fallas sistemáticas; si no las hubiese, la institucionalización de prácticas ligadas a una ideología, no fueran oficiales.

Aún falta por «conquistar espacios», como diría cualquier simpatizante de los derechos humanos. Expresiones de este tipo son contraculturales y necesarias, sino el sistema se estancaría en la ortodoxia. Aunque a simple vista pareciera que rota a lo largo de las décadas de significado en significado según la balanza del poder y de la cultura.

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Enriquecimiento cultural

Una de las características del movimiento hippie es la influencia de Oriente en el pensamiento de jóvenes que cambiaron el consumismo por el budismo, el yoga, el taoísmo, la meditación, entre otras manifestaciones espirituales. 

El acceso a la información era cada vez más posible gracias a medios de comunicación masivos como la radio, cine o televisión. La aldea global, término acuñado por Marshall McLuhan en libros como The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man (1962) y Understanding Media (1964), expresa las consecuencias, desde una perspectiva sociocultural, del impacto que ocasionan los mass media.

La cultura oriental ganó protagonismo no solo por la proyección mediática sino gracias a la esencia antagónica de la filosofía como mecanismo de resistencia ante la creencia común del status quo. Además de ser un acercamiento a lo nuevo, fue la ventana al enriquecimiento en cuanto a conocimientos y saberes en aquella época. 

No obstante, la apertura de una cultura a otra puede ocasionar una ruptura. Si el hippismo existiese en estos momentos, se le acusaría de «apropiación cultural». Comercializaría sin consentimiento y sin darle la importancia debida, a algún producto inspirado en alguna etnia.

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Protesta como reacción

Los años sesenta y setenta serán recordados como una época de manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam y el reclamo de derechos civiles, así como de la libertad sexual.  Estados Unidos, Reino Unido y, posteriormente, el resto del mundo occidental, resonaban bajo consignas. El movimiento estudiantil, familiares de soldados, la comunidad afroamericana, periodistas y ex militares conformaron en gran parte una revuelta. 

En países como Francia, durante mayo de 1968, se desarrolló una serie de protestas, liderada por integrantes de sindicatos y del partido comunista francés. El contexto socio económico no lucía favorecedor, el desempleo en ese año figuraba a 500.000 personas sin trabajo. La izquierda parecía ser la alternativa.

En Hispanoamérica las dictaduras militares y la democracia se debatían. A partir de 1959, se instauró una revolución comunista en Cuba auspiciada por la Unión Soviética, que pretendía contagiar al resto de la región con ideas relacionadas a la llamada dictadura del proletariado.

Los acontecimientos en la isla influyeron a quienes deseaban un cambio en el resto de región, por lo que el impacto cultural en mayor medida se filtró a través de expresiones artísticas y políticas. La protesta, en mayor escala, también fue una muestra de descontento por parte de sectores de izquierda en menor escala a comparación de Estados Unidos o Europa.

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El ciclo del conflicto

La contracultura ha sido por antonomasia el resultado de la imperfección sistemática. Hechos como estos representan la inestabilidad de la sociedad. Surge la teoría del conflicto, conjunto de estudios sociológicos desarrollados a partir de 1956. En el libro Las funciones del conflicto social de Lewis Coser, se escudriña el tema, concluyendo que la inarmonicidad puede ser desintegradora. También dictamina factores positivos para el funcionamiento.

Este precepto para el autor Ralph Dahrendorf, como señala José Castillo en su libro Introducción a la sociología (1968), conforma una tríada teórica de la época. «La primera versión, encarnada por E. Mayo consiste en negar la posibilidad de un verdadero conflicto social. Existen luchas, tensiones, pero estas proceden no de la estructura de la sociedad, sino de la peculiar idiosincrasia de cada individuo».

La última lectura es la de R.K Merton. El investigador acepta que el origen del problema reside en el sistema, no se trata de una inadaptación de quien genera polémica. «El conflicto es disfuncional, es decir, constituye una fuerza disgregadora, es un obstáculo para la buena marcha».

La disidencia representa ese «obstáculo» que pierde fuerza al ser absorbida por el mercado pero es necesaria porque evidencia fallas estructurales. Sucede a raíz del choque entre concepciones y valores que para investigadores del siglo XX, se trataba de una inadaptación al sistema.

De hecho, el auge de corrientes ideológicas ligadas al conservadurismo es tal, que se habla de una contracultura de derecha. Dicha opinión fue emitida en una reciente entrevista a los autores de Rebelarse vende

«La contracultura de derechas era más algo conceptual, ninguno de nosotros esperábamos que se materializara (…) Se podría escribir un libro sobre los últimos quince años. Nosotros no, somos demasiado viejos, ya no nos mezclamos con los niños. Cada generación debe librar sus propias batallas», concluyen.

El descontento es una consecuencia, de lo contrario no hubiera necesidad de exponer y contrarrestar deficiencias algunas. La ideología juega un papel importante, también su oficialización en términos de poder. Cuando lo alcanza, ya no es impulsada por la contracultura sino por su corrección política.