sin permiso

Foto: Anthony Berrios


Valencia, Venezuela, es una ciudad que se come a sus hijos como si se tratara de Kronos en la mitología griega, me comenta el fotógrafo Luis Cabrera en medio del Cementerio Municipal. Él es integrante de un grupo de amigos que desde hace dos meses se encargan de conceptualizar ensayos fotográficos.

Esto es tan solo el principio de algo por venir, añade mientras registra el proceso de una exhumación. Todavía no sabe si hará una exposición al respecto. El entorno le resulta inquietante.

Él me habla del proyecto pero no dejo de mirar cómo intentan retirar los restos de alguien. No sé si son de un hombre o una mujer. Relaciono la situación con el discurso de mi interlocutor. Hay una simbiosis que, una vez se comprende, es difícil de ignorar.

Esta es una ciudad fantasma. Algunos de sus habitantes deambulan, otros prefieren encerrarse en el insilio pero gente como Cabrera, así como el resto del equipo, demuestran una cosa: la apatía no puede matar el arte.

Hay dos opciones, ser un saco de huesos olvidado como el que sacan de una tumba o dejar un legado en un lugar hostil y renuente al cambio como Valencia.

Guiándome por la segunda opción, asistí el pasado sábado a la segunda edición de un evento, producido por la periodista Daniela Chirinos, donde además de compartir diferentes apuestas fotográficas, la premisa era incentivar una tertulia en torno al contenido de cada integrante. 

Asistí el pasado sábado a la segunda edición de un evento donde además de compartir diferentes apuestas fotográficas, la premisa es incentivar una tertulia en torno al contenido de cada integrante.

En esta ocasión estuvieron además de Cabrera, Saúl Zerpa, Mary Perdomo, Carmen Rodríguez, Anthony Berrios y Rafael Delgado, artistas de la imagen quienes a través de la cámara cuentan historias no aptas para mentes cerradas.

© Saúl Zerpa

Proyección y tertulia: ¡Sin permiso!

La oscuridad impregna el discurso de cada propuesta, proyectada en la segunda edición de ¡Sin permiso!, una serie ensayos fotográficos catalogada de no convencional. No fue algo premeditado. Ni tampoco obedece un concepto central. Por ejemplo el trabajo de Zerpa (Los locos de la Vela) y Delgado (Peregrinos caminantes de la fe), fueron de corte folclórico.

Ambos recopilaron dos manifestaciones culturales diferentes. A pesar de que estos acontecimientos se caracterizan por ser coloridos, los fotógrafos utilizaron el blanco y negro para contrastar.

El ensayo de Mary Perdomo, titulado Insania, evoca la enfermedad mental de su hermana. La autora recreó sus alucinaciones por medio de imágenes que, a simple vista, parecen estar inspiradas por el Test de Roschard. El recurso musical ayudó a imaginar una mente incomprendida. 

Carmen Rodríguez prefirió abordar el cuerpo femenino. Especialmente las líneas, transformándolas en fragmentos de carne imperfectos para los ojos de la sociedad. La fotógrafa los convirtió en arte, matando así el tabú y el miedo de su modelo. A ese proceso lo llamó Excesos Sublimes.

© Carmen Rodríguez

Cabrera retrató (In)visibles, la historia de dos hermanos que viven en un espacio reducido. Más que eso, es una casa improvisada al borde de la indigencia y de la muerte. Sus habitantes la cuidan desde que alguien la quemó. Los rastros del fuego contrastan algunas modestas ilustraciones, hechas con toque hogareño.

Anthony Berrios es el más joven de la edición. Su presentación estuvo cargada de imágenes acompañadas de sonidos un tanto escalofriantes. Y es que el autor del ensayo recreó su propia depresión, como parte de una especie de ejercicio terapeútico, llamado Alucinaciones Nocturnas.

Legado en una ciudad muerta

Cuando las calles lucen desoladas en medio de una crisis económica, hay actividades cuales burbujas de realidades se tratara, reflejando la vida desde facetas descritas en imagen.

Cabrera considera que hay oportunidad no solo de reinventarse ante la deriva sino de encontrar o desencontrarse discutiendo acerca de lo cotidiano para convertirlo en algo exótico. «La fotografía no cambiará tu vida pero sí ayuda a ver los cambios», manifiesta.

Para alguien de la India le puede resultar normal cualquier mercado pero si un extranjero lo visita, puede resultar fascinante. A partir de allí, la percepción es diferente.

Lo mismo sucede en el mismo lugar donde el individuo convive. La filosofía de ¡Sin permiso! es holística, su ADN lo llama a ser turista en su misma ciudad. Pues discutir acerca de temas aparentemente estériles, desde una perspectiva profunda significa dar un giro.

El fotógrafo cuenta que parte de su obra ha sido expuesta en otras regiones de Venezuela, incluso países como España y México. A pesar de esto, en las principales salas de Valencia no se muestra su trabajo.

De todos modos, sus exposiciones contienen fotografías hechas en la ciudad. Cabrera lo agradece porque de otra manera las percepciones exteriores no se interesan hacia aquello diferente. Ese es el momento cuando se deja un legado. El reto es hacerlo en el mismo lugar donde se nace, vive y muere.

© Rafael Delgado

Más allá de los likes

Hasta los momentos ¡Sin permiso! presenta ensayos fotográficos pero ese no es su fin. Incluso los integrantes aún no saben si seguir llamándose así. Hay varias opciones, desde La Peña, La Familia pero el primero les resulta mejor.

El objetivo es claro: dejar en Valencia un espacio de encuentro, por ejemplo una escuela de fotografía. De acuerdo a Luis Cabrera, la última, llamada Enfocarte, cerró. Ante tal ausencia los fotógrafos aspiran compartir conocimientos y su pasión a las próximas generaciones. Así como abrirles las puertas al proyectos. No se trata de presentar siempre a los mismos fotógrafos.

La idea es salir del entorno online. Específicamente de Instagram. La combinación con el trabajo offline requiere de incentivar el y estimular el criterio. Para Cabrera, como profesor universitario, los jóvenes necesitan referencias que contribuyan a la sociedad más allá de los likes. La idea es comprender el entorno, cuestionarlo, recrearlo, reflejarlo, reinventarlo.

El camino no es fácil. Se necesita de perseverancia y disciplina. Desistir no es una opción, de lo contrario sería entregarse a la muerte como aquel saco de huesos, arrumado a una pila de bloques junto a una lápida sin nombre.

En una sociedad como la venezolana, donde el arte no es una de las prioridades del día, el reto es contribuir con ideas e historias no solo de interés para amantes de la fotografía sino a cualquiera.

Gente como aquel sepulturero, quien se acerca a mí y a Cabrera para preguntar si es posible que el gobierno le aparte una parcela en el cementerio, la pagaría poco a poco, promete. Él solo no puede.